Más fragilidad y menos control
Escuchando un pódcast de inversión he reconocido una lección vital que me gustaría compartir. Quién lo diría: una reflexión sobre bolsa, dinero y mercados puede acabar explicando mejor que muchas conversaciones lo que nos ocurre cuando nos enamoramos.
El entrevistado proponía un símil arriesgado, pero muy acertado. Los grandes inversores que han triunfado en el mundo bursátil comparten una cualidad: saben convivir con la incertidumbre y la volatilidad. No las celebran, por supuesto, pero las aceptan como elementos inevitables de toda decisión financiera. En cambio, quienes no soportan la fragilidad de su dinero suelen retirarlo en los momentos difíciles. Necesitan recuperarlo todo, sentir que vuelven a tener el control.
Esa misma idea económica puede trasladarse, con una facilidad casi incómoda, a las relaciones sentimentales.
Llevo más de dos años en la universidad, un lugar del que se dice que nacen muchas parejas; algunas, incluso, capaces de trascender esos años y convertirse en un proyecto de vida. No pretendo desmentirlo, ni mucho menos. Me alegro profundamente por quienes han encontrado a alguien con quien construir algo duradero y ojalá —Dios me escuche— algún día también me ocurra.
Sin embargo, la realidad que observo se parece a menudo más a un campo de escudos y trincheras. No lo digo para juzgar a nadie: entiendo muy bien la necesidad de protegerse. Ya hablé de una experiencia concreta en un post anterior, Enigma, donde intentaba explicar esa sensación de querer conocer a alguien un poco más de verdad y encontrar, en cambio, una barrera invisible. Una persona que, por razones que a día de hoy siguen siendo un enigma para mí, no me permitía ninguna aproximación.
Y tiene sentido. Con veinte años, muchos de mi generación ya hemos vivido un primer amor que nos ha cambiado por completo. El primero, normalmente, pega fuerte. No siempre es así, claro, ni es imposible que sea el definitivo, pero muchas veces termina en una ruptura que deja cicatriz. Y el control aparece precisamente como respuesta a ese primer desengaño: después de haber quedado hecho trizas, uno intenta, por todos los medios, que no vuelva a pasar.
Después de un desengaño, controlar parece una respuesta lógica. Uno empieza a medir más lo que da, a guardarse una parte por si necesita escapar y, a veces, hasta a buscar a alguien que aporte calma sin llegar a remover demasiado; en pocas palabras: control, control y más control. Pero ¿qué clase de amor es aquel que no puede hacernos perder un poco el control?
No me malinterpretéis: yo no hablo de desaparecer dentro de otra persona, ni de tolerar vínculos dañinos, ni de confundir dependencia con intensidad. Dependencia sana sin perder la autonomía, según la fórmula Marián Rojas. Lo que me rechina es esa fantasía de que podemos vivir una relación importante sin quedar nunca expuestos. Que podemos amar sin miedo, sin posibilidad de pérdida y sin que el otro llegue a importarnos lo suficiente como para herirnos.
Después de una relación que me dejó tocado, entiendo perfectamente la tentación de construir esas trincheras. El miedo no nace de la nada: nace de haber comprobado que alguien puede entrar en tu vida, cambiar tu forma de ser, construir sueños a tu lado y, al irse, dejarte hecho un cuadro, un puzle por recomponer, de esos de miles de piezas. Cuando has vivido eso, el control parece una forma razonable de evitar volver a sufrir algo parecido. Es una vocecilla, un pequeño demonio: esta vez no te entregues tanto; esta vez calcula mejor; esta vez procura querer menos.
Pero he llegado a pensar que esa seguridad es, en buena medida, falsa. No controlamos ni un ápice de lo que ocurre: ni lo que sentimos, ni a quién conocemos, ni cuánto dura lo que construimos con alguien. Tampoco controlamos si una relación funcionará, si una persona cambiará o si nosotros mismos seremos capaces de sostener aquello que prometimos. Jugar a ser adivinos o incluso dioses, intentando prever cada desenlace y neutralizar cada peligro, solo nos deja una vida afectiva más ordenada, quizá, pero también más pobre.
La alternativa no es la inconsciencia, ese topicazo del «dejarse llevar», del fluir (río adentro). Es aceptar que la fragilidad forma parte del precio de estar vivo, de ser seres que venimos a dar y recibir amor. Igual que el inversor que comprende que no hay beneficio sin volatilidad, quien desea amar de verdad debe admitir que no existe el vínculo sin riesgo. A veces saldrá bien; otras veces no. A veces habrá calma; otras, pérdida. Pero renunciar de antemano a esa posibilidad por miedo al dolor es también renunciar a que algo nos transforme, a algo definitivo.
Sinceramente, me gustaría adentrarme mucho más en el misterio del amor, pero me doy de bruces cuando lo intento. Y ahí es cuando me gusta imaginar y pensar que hemos venido, de forma modesta, a encontrarnos con alguien sin la certeza de que podremos retenerlo. A asumir que no podemos dominarlo todo y que, precisamente por eso, hay vínculos que merecen el riesgo de dejarnos vulnerables.



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