Ordet y la figura femenina
Actualizado: hace 4 días
Me he propuesto este verano ver las siete maravillas del cine según José Luis Garci. Ya en el prólogo del libro, el propio Garci se muestra incómodo con la cifra: deberían ser setecientas, o siete mil. Primer golpe de humildad: de esas siete solo había visto dos. Y yo, que me las daba de entendido en cine.
Como buen cinéfilo fetichista, he decidido comprarlas en DVD, para convertir cada visionado en un pequeño ritual. Ya han caído Perdición, de Billy Wilder, y Ordet, de Carl Theodor Dreyer, a la que hoy quiero dedicar unas líneas.
Al terminar la película vuelvo siempre al libro. Los comentarios de Garci no explican o dan información sobre las películas, sino que conversan con ellas. Tiene una capacidad extraordinaria para detectar lo esencial, aunque a veces escribe como lo que es: un enamorado. Se deja llevar por el entusiasmo, encadena intuiciones luminosas y rara vez se detiene a desarrollarlas.
Siempre se ha hablado de Ordet como cine religioso, y lo es, sin duda: habla de la fe, del amor cristiano y de los milagros. Pero Garci afirma, sin argumentarlo del todo, que la película trata, sobre todo, de la importancia de la mujer en la familia y en el mundo. Suscribo plenamente esa intuición.
Inger es el personaje que articula y sostiene todo: la casa, las relaciones entre los personajes e incluso la estructura del guion. Cuando ella muere, queda al descubierto que era el eje de aquel mundo; no porque encarne una idea abstracta de “la mujer”, sino porque es quien cuida, media y comprende allí donde los demás se atrincheran en sus certezas.
Mientras los hombres de la película viven enfrentados con sus ideas y anhelos —Morten, y el luteranismo; Peter, y el rigor; Johannes, y su aparente locura mesiánica; Anders, y su amor imposible—, Inger vive pendiente de las personas. Rebaja constantemente las tensiones familiares, intenta comprender a Johannes cuando todos lo toman por loco y hace posible que el amor de Anders encuentre un lugar. Ella mantiene unidos a los personajes en los larguísimos planos de Dreyer. Por eso su muerte no es solo una tragedia: es la ruptura del equilibrio que sostenía la casa.
Lo más impresionante es que Dreyer no convierte a Inger en una heroína espectacular, de esas que hoy nos venden por doquier. No pronuncia grandes discursos ni protagoniza escenas grandilocuentes. Su importancia se revela, precisamente, cuando desaparece. Solo entonces entendemos la dimensión de todo lo que hacía sin reclamar atención, ni siquiera la del espectador.
Quizá por eso me viene irremediablemente a la cabeza la imagen de mi madre. Viendo a Inger pienso en ella: también expresa el amor a través de lo cotidiano, en sus innovaciones gastronómicas para deleitarnos, en su particular sentido del humor para relajar el ambiente, en una palabra de cariño cuando llegas cansado a casa.
Quizá por eso me convence tanto la intuición de Garci. Sí, Ordet habla de la fe. Habla del milagro, de la duda y del amor cristiano. Pero habla también, y sobre todo, de una mujer que sostiene silenciosamente un mundo entero. De cómo los milagros no empiezan con una resurrección, sino con esos gestos cotidianos que, sin hacer ruido, mantienen unida a una familia.



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