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Enigma

  • Dh
  • hace 2 días
  • 1 Min. de lectura

Te miro, y aunque entre tú y yo solo se extienda el vacío, noto una barrera. Un muro invisible, imperceptible. Una vez por semana subimos al escenario, fingimos ser otros, pronunciamos palabras que no son nuestras, y aun así tengo la sensación de que a ti nunca te conozco del todo. Y no me lo quito de la cabeza; el misterio me corroe. ¿Por qué no te muestras? ¿Por qué no me dejas acercarme? No eres esquiva ni distante; simplemente te mantienes enigmática.


“Enigma”. Es una palabra que solemos asociar con la fantasía o la ciencia ficción, como si lo enigmático perteneciera a otro mundo, ajeno a lo cotidiano. Pero si nos detenemos un instante, veremos que impregna cada rincón de nuestra vida: desde las miradas que no sabemos descifrar hasta los caminos que elegimos sin entender del todo por qué.


Nuestra propia existencia, el simple hecho de estar aquí, es ya un puro enigma. Bendito enigma. Qué aburrido sería un mundo completamente transparente, donde todo se explicara y nada se sintiera. El misterio nos despierta, nos empuja. Nos hace formular preguntas, nos obliga a mirar más allá de lo evidente, a habitar lo extraño, a amar incluso cuando no hay certezas.


Y, sin embargo, tampoco se trata de romantizarlo. Podemos despojar capas, analizar, intentar comprender con todas nuestras fuerzas, pero siempre habrá un límite, un punto al que no podemos acceder. Y ahí, precisamente, nace el verdadero esfuerzo: aceptar el misterio. Reconocer que muchas cosas escapan a nuestro entendimiento. Tal vez se trate de aprender a convivir con el enigma que eres tú: dando pequeños pasos sin querer entenderte del todo.

 
 
 

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