Páginas de felicidad
Últimamente he estado recordando algunos momentos de mi infancia relacionados con la lectura. Quizá porque he tenido que despedirme de la biblioteca de casa. Vuelven a mí ciertos libros y escenas que transformaron profundamente el devenir de mi vida interior y alimentaron una imaginación desbocada que, todavía hoy, no sabe fijar sus límites.
Recuerdo con gran nitidez los desayunos de fin de semana o en vacaciones: el libro asomando por encima del bol de cereales, el crujido constante al masticar y la cabeza absorta en mil pensamientos que acudían a mi encuentro, portadores de promesas dulces o encuentros luminosos. Eran instantes de una soledad dichosa. Los márgenes del tiempo parecían difuminarse. Al terminar, corría a tirarme al sofá, incapaz de abandonar los susurros de un mundo creado para mí, un mundo cuyos secretos nadie más podía alcanzar. Sólo la cruda realidad, siempre irrespetuosa, interrumpía mi deleite: mis padres con alguna regañina o una tarea pendiente; mi hermana, con esa mágica intuición para disipar mis fantasías; o, en ocasiones, la sed y el hambre, que acababan por distraerme. Creo que de haber vivido en una burbuja, en un espacio de perfecta disposición sin necesidades terrenales, nada hubiera conseguido arrancarme de mis lecturas. Engullía palabras, hojas e historias. Con la mirada surcaba el papel, pero mi cabeza buscaba ansiosa estímulos que hicieran crecer la riqueza de las imágenes proyectadas en su interior.
Fueron muchos y muy distintos los libros que pasaron por mis manos, aunque siempre sentí una especial predilección por la fantasía. Entre todos ellos, la saga de Harry Potter me atrapó por completo. Esos libros se convirtieron para mí en un circuito de felicidad: volvía una y otra vez sobre ellos, demorándome en sus personajes y paisajes, que adquirían para mí una intensidad casi real y llena de emoción. Abrieron parajes insospechados en la imaginación de un niño introvertido como yo. A través de aquellas historias me relacionaba con vidas alegres, emocionantes y cargadas de un sentido que también anhelaba para mí. Allí hallé un cauce para un deseo infantil que todavía no sabía nombrar. Las tapas acabaron por descoserse; las esquinas dobladas se amontonaron hasta cubrir todo el lateral; los manchurrones de leche pasaron a formar parte de las ilustraciones… cualquiera hubiera confundido el libro con un amasijo de hojas estropeadas. Pero para mi constituían un pedazo de cielo, un hogar cargado de esperanzas.
Las buenas lecturas encierran una sensación única: la de sumergirse en un fondo de vida recóndito y luminoso. Son un oasis en medio de la aridez de la experiencia, un alivio para los ojos cansados. Si tuviera que destacar la principal virtud de las lecturas infantiles, elegiría su capacidad para despertar una sensibilidad todavía incipiente. Leer nos enseña a mirar el mundo: revela matices y horizontes que, de otro modo, permanecerían velados. La imaginación que se cultiva a través de la lectura nos permite trascender, volar más allá de categorías frías y distantes. Si algún día soy padre, no me cabe la menor duda de que los libros serán el primer regalo que haga a mis hijos. Todo niño merece aprender a soñar.


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