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Un capricho necesario o en la casa de Tom Bombadil

Dp
7 sept
4 min de lectura

Actualizado: hace 5 días

Cada dos o tres veranos leo, de forma cíclica, un volumen de El Señor de los Anillos. Este verano le ha tocado a La Comunidad del Anillo. Es una lectura que alargo hasta bien entrado septiembre. Más que un ritual se trata de una pasión continuada, que empezó de una forma curiosa hace veintitantos años, en nuestros veraneos en Soria. Es una lectura crepuscular que no me cansa, al contrario. Tiene el mismo efecto que el de una vuelta a casa largamente ansiada. También es aurora, pausa y sentido: un acto de resistencia a la suma atropellada de los años y a los sucesivos sueños quebrados o medio cumplidos que me ha traído la vida.

Además, me lo paso en grande. Quizá por eso no he sentido nunca simpatía por aquellas interpretaciones que intentan descubrirme lo que hay detrás del imaginario tolkieniano, y en especial las que vienen del lado de una ortodoxia mal entendida. De hecho, me aburren, por obvias y excluyentes. ¡Como si la obra de Tolkien precisara de guardianes para mantenerla a salvo de los peligros de la contemporaneidad! Y no digo que no tenga su interés ver en la Dama de Lórien a la Virgen María (el mismo Tolkien declaró en sus cartas que se inspiró en la imagen de la Virgen) o a Gandalf el Blanco como la cara aventurera y simpática del Santo Padre. No acabaríamos nunca de encontrar referencias doctrinales o iconográficas más o menos forzadas. ¿Pero adónde nos lleva eso?  Nadie en su sano juicio puede negar la catolicidad de El Señor de los Anillos. Ha de quedar claro: hablamos de una obra católica de arriba abajo y de izquierda a derecha, una obra que respira catolicidad. Precisamente por ello, toda defensa o exégesis que siga esa línea de análisis corre el riesgo de caer en una mediocridad redundante. En el mejor de los casos se convertirá en un texto de referencia dentro del mundillo de la academia o del friquismo ilustrado. Lo más grave es que puede hacernos perder de vista su activo esencial: el de ser una tan lectura gozosa como transformadora. Porque ahí, querido amigo, encontrarás la magia. No todas las lecturas gozosas son transformadoras, del mismo modo que hay lecturas transformadoras que no nos producen ningún gozo o que directamente nos perturban y nos hacen sufrir. Me parece que la conclusión cae por su propio peso: la mejor introducción a la obra de Tolkien es la que empieza y acaba por una lectura atenta y generosa. Si somos capaces de mantener esa disposición, nuestra lectura se convertirá, rápida y fácilmente, en una experiencia tan elevada e irreductible que no sabremos (ni querremos) distinguir la diversión de un profundo aprendizaje. La proximidad con la historia será tal que nos sentiremos afortunados, y podremos transitar por sus centenares de páginas como un personaje más. Probablemente, W.H. Auden se refería a esto cuando afirmaba que “ninguna de las obras de ficción que he leído me ha dado más felicidad”. Cualquier estudio serio debería partir de esa experiencia lectora, y marcarse como objetivo ampliarla y enriquecerla en lugar de sustituirla por un programa.

 

Y a eso quería llegar. Mi pasión veraniega no existiría sin un encuentro fortuito en la biblioteca pública de Soria (como siempre, los libros). Allí, mientras mis hijos se bañaban en la piscina que colinda con la biblioteca, descubrí un pequeño ensayo de Fernando Savater publicado en 1976 (¡el año en que nací!). El título ya es bastante ilustrativo del punto de vista que adopta el análisis: En compañía de las hadas. Se publicó dentro del maravilloso libro, La infancia recuperada, dos años antes de la primera traducción de El Señor de los Anillos en lengua española. Savater fue de los primeros críticos en nuestro ámbito cultural (si no el primero) que vio en la obra de Tolkien algo muy diferente y específico. En las primeras líneas del ensayo la define como “el capricho literario más logrado de los últimos cincuenta años”. Que ese elogio viniera de Savater —ateo confeso, entonces y ahora— aumentó mi sorpresa. Leí aquel ensayito de doce páginas en media hora, con gran interés. Fue una revelación. Salí de la biblioteca con los tres volúmenes de El Señor de los Anillos bajo el brazo. Muy pronto pude confirmar las palabras de Savater a propósito de la peculiar relación entre el lector y la obra de Tolkien, o es “de plena entrega o de abierto fastidio: nos hallamos ante uno de los diez o doce libros que nunca olvidaremos o de una pueril patraña inexorablemente aburrida”. Fue un verano único. Las más de mil páginas de El Señor de los Anillos se me hicieron tristemente cortas. Debo admitir que nuestra casa en Soria era el lugar ideal para un banquete lector como aquel, tan quijotesco. Sin conexión a internet, perdida en medio del campo y bajo los cielos más azules y estrellados que uno pueda imaginar. Entregado a la lectura me vi recitando páginas enteras a todas horas, para pasmo de mis hijos y cabreo de mi esposa. O corriendo por los caminos de alrededor, a la zaga de orcos o escapando de los jinetes negros.

El caso es que la lectura de aquel escrito tan personal y desenfadado de Savater puso ante mis ojos la larga lista de mis prejuicios: prejuicios causados, en gran medida, por mi reacción contraria a la hipertrofia hermenéutica de los académicos y los moralistas. Fue como una llamada de atención, pero también una invitación rotunda -una increpación diría- a la lectura verdadera, una lección que entonces seguí, y que hoy, al cabo de los años, también resuena en mi cabeza como la respuesta a un acertijo existencial. Tolle lege! : abre las puertas de la felicidad.    

 

 

 

 

 
 
 

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