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Un secreto a voces

C
15 ago
2 min de lectura

Durante este mes de agosto he participado en una convivencia con numerosos seminaristas y otros jóvenes que están planteándose la vocación. Ha sido una experiencia maravillosa y profundamente esperanzadora, en la que he podido conocer a un montón de personas sencillas, entregadas y llenas de vida. Ver a tantas personas juntas compartiendo penas, alegrías y un mismo deseo de conocer, seguir e imitar a Cristo hace que uno se cuestione su manera de mirar y afrontar la vida.

La mayoría de los jóvenes que he conocido son personas alegres, sin dobleces, que transmiten una paz poco habitual. Al hablar con algunos de ellos, me he dado cuenta de que no son unos ingenuos. Todo lo contrario, son muy conscientes de sus miserias y limitaciones, pero poseen una confianza sin medida en Aquel que está muy por encima de sus fuerzas, dones, virtudes o debilidades.

Ahora me pregunto: ¿cómo es posible que, en un lugar donde no conocía a nadie, me haya sentido como en casa? ¿Qué tenían todos esos chicos que hacían a uno sentirse tan cómodo? ¿De dónde brota la armonía que desprenden? Creo que su secreto consiste en haber respondido a la inquietud y el anhelo más grande de su corazón: el deseo de entregar su propia vida a Dios y a los demás.

Sobre este tema, en una de las comidas surgió una conversación con un seminarista africano que me causó una profunda impresión. La charla clavó una espina en mi corazón que todavía no he conseguido extraer. Hablábamos de la ola de vocaciones y conversiones que está sacudiendo África y Asia, de la acogida que está encontrando la Palabra de Dios en muchos países de esos continentes. Sin embargo, a medida que avanzaba la conversación, comenzó a crecer en mí un sentimiento difícil de definir: una mezcla de esperanza, algo de envidia y perplejidad. Una pregunta se abrió paso con fuerza en mi cabeza: ¿Qué está ocurriendo en Occidente? ¿Por qué tantos jóvenes de otros continentes encuentran la felicidad en responder con fidelidad a la llamada de Dios, mientras que en nuestros países tan desarrollados parece tan difícil hacerlo?

Aunque parece algo contraintuitivo, lo cierto es que hoy resulta más difícil para un joven occidental atender a los reclamos más hondos del corazón que para otro que vive en un país con menos riqueza material. La cultura y el ambiente que habitamos parece dejarnos en la orilla de una costa oscura que no permite ver a aquello que verdaderamente anhelamos. Ser fieles a lo que realmente somos requiere hoy tenacidad, perseverancia y valentía, pero nos venden inconstancia, comodidad y cobardía.

En una de las meditaciones del retiro, uno de los sacerdotes pronunció una frase que confirmó en mí esta sensación de choque entre el panorama social y la verdadera vocación del hombre: La madurez espiritual consiste en depender cada vez más de Dios, entregándose a los demás.

La frase no admite dobles sentidos: corta de raíz la ilusión de autosuficiencia sobre la que parecen construirse nuestras sociedades occidentales. A diferencia de lo que normalmente pensamos, la libertad no consiste en llegar a ser autónomos e independientes, sino en aprender a amar desde vínculos cada vez más verdaderos, hondos y libres.

 
 
 

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