Un mes o un segundo
Ya ha pasado un mes. Treinta días que han desfilado como un vendaval: deportes, piscina, excursiones, comidas, convivencia, ciudad, montaña.… Tantas cosas que a mi cabeza aún no le ha dado tiempo a procesar. Estas líneas son apenas un esbozo de una dinamita vital que ninguna palabra sería capaz de capturar.
Durante este mes de julio he estado haciendo de monitor de adolescentes en un centro del Raval. La experiencia que ya había tenido en otros años ha cobrado este año un sabor especial: por primera vez me he decidido a disfrutar del proceso, a involucrarme hasta el fondo. Las últimas veces había encarado el reto con algún que otro reparo o reserva, pero esta vez he tratado de vaciarme por completo (con algo de gloria o patetismo) acompañando a esos niños durante todo el mes. Lo que he aprendido me cuesta expresarlo por escrito.
La lección más importante que ha atrapado mi corazón es esta: que los niños, como todas las personas, son procesos que hay que aprender a cuidar y a acompañar. Procesos cuyo único y eficaz nutriente es el amor; no existe otro lenguaje que funcione. La sencillez y frescura que desprenden nos habla a los adultos de lo fácil que sería todo si el amor estuviera en la base de nuestra conducta. Ellos lo perciben con una sutileza verdaderamente abrumadora: no importa tanto el contenido que les transmitas como la comprensión que se transparenta en tu mirada. El niño lo que quiere y necesita es la confianza para poder seguir siendo niño, eso que tantas veces no le damos. Al adulto le cuesta admitir una verdad muy sencilla: la vida florece en el sembrado de una inocencia infinita. No hablo de ingenuidad, sino de inocencia: esa actitud de gozo infantil ante la vida que no querríamos haber perdido nunca.
Más allá de esto, el mes ha tenido momentos de todo. Han habido risas, enfados y muchísimas emociones. Ha sido un espacio de tiempo cuyo poso todavía no sé cuál será. Lo que sí tengo claro es que tengo que dar gracias, gracias a cada chaval, por su compañía; a quienes han intuido mi necesidad; por pasar ese tiempo sin esperar nada, por este presente sin final.



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