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Un contratiempo

Dp
1 ago
6 min de lectura

Actualizado: hace 4 días

A media mañana tenía una reunión de trabajo en el otro extremo de la ciudad, casi a las afueras. Era una reunión en la que yo intervenía como mediador. Durante el desayuno decidí ir sin móvil y en autobús, concretamente con el 54, que tiene parada e inicia su recorrido delante de mi despacho (lo cual me permite elegir asiento y perspectiva). Fue una decisión, a todas luces, equivocada desde el punto de vista de la productividad y la economía del tiempo. El trayecto en autobús duraba aproximadamente una hora y diez minutos, algo más con tráfico o desvíos por obras. No era un trayecto directo, sino que pasaba por diferentes distritos de la ciudad (Eixample dreta/esquerra, Gràcia, Les Corts) y daba unas cuantas vueltas dentro de cada distrito. La alternativa eficiente era la moto: un trayecto de veinte minutos, casi en ángulo recto, por dos vías rápidas de la ciudad. No sabría decir por qué tomé aquella decisión. Más que obedecer a un impulso irreflexivo o escapista, creo que fue un acto de rebeldía, de subversión consciente. Contra quién o qué, no lo sé exactamente. Es una pregunta que me sigo haciendo, un mes después, y que me ha llevado a otra, igualmente desconcertante: ¿qué narices hago cuando, dentro de mi jornada laboral y por diversidad de motivos, dejo de trabajar? ¿Cómo vivo o qué sentido tienen para mí todos esos momentos intermedios (pausas voluntarias, parones imprevistos) que suspenden por un tiempo más o menos breve el desarrollo palpable de mi trabajo y lo escalonan?

Sobre el sentido del trabajo se ha escrito mucho y bien. No quisiera darle vueltas a ese asunto, ya que suscribo, con total convencimiento, la tesis que vincula el sentido del trabajo a una doble misión: de vocación de servicio y de crecimiento personal. Pero merecería la pena dedicar una reflexión a la cara B del trabajo, a esa realidad que no es propiamente trabajo pero que está presente —y de qué manera, con su latido silencioso— en nuestras jornadas laborales. También allí encontramos una dosis considerable de sentido, o sinsentido. Lo que hago cuando paro dice más de lo que parece sobre lo que soy ¿Qué haces cuando paras? Bien pensado, creo que debería ser una pregunta obligatoria en cualquier entrevista de trabajo.

Pero no me quiero desviar demasiado del relato. Lo cierto es que mi viaje (ineficiente) en autobús hacia la reunión de trabajo fue en sí mismo un acontecimiento, con entidad propia y sentido.

En aquella luminosa mañana de finales de junio redescubrí una parte de mi ciudad. No sólo por las calles y los lugares que no recordaba haber visto nunca, como una chimenea modernista, de ladrillo macizo, en medio de una plaza, que había sido una antigua fábrica de harinas y que ahora funcionaba como un garaje elevado. También me refiero a la mirada hacia los detalles que surge en un viaje de este tipo, sin prisas ni control. Me vi torciendo la cabeza hacia arriba, mirando las fachadas de los edificios, sus esgrafiados y cristaleras, o los comercios, con sus rótulos en distintos idiomas, y a los transeúntes que entraban y salían.

En una esquina de la calle Viladomat, vallada toda por obras municipales en el subsuelo, me impactó ver a un trabajador musulmán rezando, con los ojos cerrados y auténtica devoción. Rezaba en el suelo, en un rincón junto a la caseta de herramientas de la obra, y encima de una alfombrilla que acababa de sacar de su mochila. Mientras, a dos escasos metros, sus compañeros de trabajo aprovechaban la pausa para comer sus bocadillos, beber sus cervezas y no levantar la vista de sus móviles, asilados unos de otros, sin mirarse ni intercambiar palabras. Me impactó y admiró la discreta naturalidad del musulmán rezando, conversando, alabando, dando gracias con los ojos cerrados, trascendiendo, en contraste con las miradas ansiosas y previsibles del resto, atrapadas en la inmediatez de sus pantallas.  También les debió impactar a un grupo de niños de cinco o seis años que se dirigían con su monitor hacia alguna actividad de su casal de verano, porque estaban todos agolpados en una de las vallas, mirando atónitos aquella escena que no acaban de entender, pero en la que, probablemente, intuían fuerzas espirituales contrapuestas.

Dentro del autobús, tenía delante a un chico de unos veinte años, imberbe, algo desaliñado, leyendo, con absoluta concentración, La carretera de Cormac Mcarthy. Leía casi sin pestañear, y a cada página levantaba la cabeza, miraba por la ventana unos siete segundos, a nada en concreto, y volvía a sumergirse en la lectura, como si necesitara unos instantes para volver a la realidad y poder revivir, a continuación, lo que acababa de leer, en su fuero interno. Y sin quererlo, aquel joven lector, tan contracultural, tan auténtico, me hizo sonreír y desató mi memoria. Me vi reflejado en él, pero veintisiete años antes, cuando, a diario, volvía yo de la facultad de derecho en el 58, bajando por Muntaner, de plaza Bonanova hasta la calle Diputación. Tengo el claro recuerdo de haber devorado en ese trayecto el primer tomo de En busca del tiempo perdido, en una edición de bolsillo de Alianza, que aún conservo medio deshecha, con traducción de Pedro Salinas. Y es un recuerdo que me hizo saltar, de forma natural y espontánea, a otro recuerdo aún más dichoso, y que tiene que ver también con libros. En uno de esos trayectos inicié una conversación con una chica que estaba leyendo. Si por algo yo perdía la timidez entonces era hablando de libros, así que gracias a esa rareza de mi carácter aproveché la coyuntura que se me presentaba. Para ser sinceros la chica no era una total desconocida. También estudiaba derecho, la tenía vista porque coincidíamos en algunas clases, aunque no habíamos hablado antes. El caso es que leía un libro de espiritualidad, y le pregunté. Hablamos durante todo el viaje, de aquel libro y de otros, con una familiaridad que yo no había vivido antes con ninguna chica. Yo era muy torpe en lo social, y le expuse mis radicalismos estéticos y filosóficos sin ningún problema, como si le hablara a un amigo de toda la vida. Ella se reía bastante con mis ideas, y a mí me hacía reír ella con sus risas, que me descolocaban y fascinaban al mismo tiempo. Desde aquel día empezamos a hacernos los encontradizos. Como ella conocía mi preferencia por la última fila del autobús, se sentaba allí también y de forma tácita me reservaba el asiento del rincón. Si llegaba yo antes hacía lo propio. Aquellos viajes de menos de veinte minutos cambiaron mi vida (y la suya) …. A estas alturas no hace falta decir que aquella chica se convirtió, unos años después, en mi querida esposa. (Ahora, por cierto, el 58, nuestro 58, ya no existe, aunque hay otra línea que cubre el mismo recorrido.)

Mi viaje hacia la reunión de trabajo duró exactamente cincuenta y siete minutos, algo menos de lo que había calculado. Bajé en la última parada, con esa clase de nostalgia que surge de inmediato después de un brusco final.  Era el único pasajero. Caminé unos diez minutos por unas calles sin apenas tráfico, en la frontera de Barcelona con Hospitalet. Es una zona donde aún se pueden ver grandes solares sin edificar, este año con malas hierbas crecidísimas y variedad de flores silvestres (amapolas, dientes de león, margaritas…). El sol caía a plomo. Nadie. Luz blanca: una secreta y bella desolación a mi alrededor. Me detuve y esperé, con los ojos cerrados, a que entrara en mi interior en pequeñas ráfagas. ¿Cómo es posible esta quietud?, me pregunté, ¿este silencio que me guarda?, ¿esta dicha que no había previsto ni soñado?, ¿esta callada voz que de tan lejos viene hoy a acompañarme?

Seguí caminando sin prisas. Debajo de un puente me sequé el sudor de la frente. Ahí me quedé de pie unos minutos, haciendo tiempo dentro de la sombra fresca. Un viento suave circulaba de un lado a otro. Saqué mi cuaderno y anoté cuatro ideas y emociones inconexas, finalizando mis líneas con un GRACIAS. Después repetí la misma palabra gritando. Quería salir de mi mente y escuchar el eco de mi voz resonando en la materia. ¡GRACIAS! Justo en aquel instante apareció una señora en el extremo del puente. Tendría unos 65 años. Calzaba unas chanclas brasileñas y llevaba puesto lo que parecía un pijama de tirantes. El pelo teñido de fucsia. Iba acompañada de dos perros enanos con ojos saltones. Cuando pasó a mi altura esbocé, a modo de saludo, una pequeña sonrisa, que ella interpretó, digo yo y no sin cierta razón, como la amenaza de un perturbado, ya que bajó la cabeza de inmediato y aceleró el paso, mientras los perros empezaron a ladrarme como posesos.          

Llegué a mi reunión de trabajo a la hora exacta. Pero allí no había nadie. Se había suspendido por un imprevisto familiar de una de las partes, según me dijo Elena, la recepcionista que me atendió. Me había llamado hacía una hora y me dejó un mensaje, pero al salir de mi despacho sin móvil yo no me había enterado.

El viaje había sido en balde y había perdido una mañana de trabajo. No hubo sorpresa ni cabreo en aquel contratiempo. Lo viví como la consumación de algo que no acababa de entender. Algo grande y pequeño a la vez. Me despedí de Elena y volví al despacho. No me cabía en el cuerpo tanta alegría.    

 

           

 

 

 
 
 

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