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La memoria de mi vida

Dp
hace 6 horas
5 min de lectura

Por una serie de casualidades aquella tarde/noche estábamos solos. Nuestros hijos cenaban fuera. En casa reinaba un silencio cálido, expectante, solo interrumpido por el trisar de las últimas golondrinas del verano, que sobrevolaban el patio de manzana. Preparé una cena básica, que consistió en sacar el gazpacho de la nevera y la tortilla de patatas que Alejandra cocinó el día anterior. Tosté pan y en un bolecito puse unas aceitunas curtidas por el abuelo y que salían del olivo que compramos cuando nació Carlos, veintidós años atrás.

Esperaba su llegada de un momento a otro, leyendo en el sillón, y a ratos mirando por el ventanal de la galería, abierto de par en par. Los pies descalzos, en contacto agradable con el mosaico, aún caliente después de varias horas de exposición al sol. Cuando no leía, me fijaba en la declinación y en los matices de la luz sobre la piedra de las fachadas de enfrente. A lo lejos sonaron las campanas, y me hice la misma pregunta de siempre. ¿De dónde vienen?, ¿de la Catedral o de La Concepción? Una estaba más cerca, pero la otra tenía un repique más potente. Nunca lo sabría y en aquel momento la incertidumbre me pareció de lo más simbólico. Pasaban tres minutos de las nueve cuando escuché y registré el sonido de la llave entrando en la cerradura. “Por fin”, pensé.  Era ella. Con los años, he desarrollado esa extraña habilidad. Sé, con total certeza, qué miembro de la familia entra en casa por ese sonido, el de la llave buscando la cerradura y entrando en ella. Ni siquiera me hace falta esperar y escuchar el giro y el golpe interior de la llave para una confirmación. Medio segundo, eso es lo que dura el sonido y lo que necesito para saber quién va a cruzar por la puerta. Alejandra se troncha cada vez que lo hago. “El adivino de las zapatillas”, así me llama. Y a propósito de esta trivialidad doméstica, a los dos nos divierte mucho especular sobre el carácter de nuestros hijos: “Esta es Sara, la impulsiva, mete la llave como si tuviera detrás un asesino en serie", o “este es Carlos, el parsimonioso, parece que esté desactivando una bomba en lugar de entrar en su casa”.

Después de descalzarse y recorrer el pasillo, entró en el salón con su maletita colgada del hombro, suspirando y medio despeinada por el casco de la moto. Lo primero que hizo fue beberse un vaso de agua fría, mojarse los labios y besarme. Estaba cansada y traía la cabeza como un bombo. Le había tocado dirigir una reunión de trabajo en la otra punta de la ciudad. Preferí no preguntar. Por su rostro, entre grave y abstraído, intuí que la reunión no había salido según lo previsto. Esperé a que se cambiara y ya en la mesa saqué el tema de su inminente viaje a Alicante, con su madre. Quería que pensara en otra cosa y olvidara por un rato la reunión. Le pregunté si le hacía ilusión el viaje. En cierto modo era una pregunta retórica, para salir del paso. Al menos esa era mi intención. Para ella, en cambio, tuvo un efecto extraño. En lugar de responder de una forma genérica, previsible y rápida (“estará bien, sí, me hace ilusión”), aquella pregunta circunstancial dio paso a una evocación íntima que no esperaba, para nada. Piensas que lo sabes todo de ella después de tantos años, y te equivocas. Quizá fue el agobio o el cansancio que llevaba encima lo que hizo que su mente viajara disparada y de una forma tan minuciosa hacia los lugares y las personas de su infancia. Ves, en eso no nos parecemos. A mí no me cuesta nada dejarme llevar por la nostalgia. Va con mi carácter retraído, filosófico y sentimental. La memoria juega un papel clave en la construcción de mi identidad. No tengo otra manera de entenderme. En cambio, a ella le da cierto apuro hablar de su pasado. Y no porque guarde malos recuerdos. Es como si no le hiciera falta. Encuentra motivos de sobra para no hacerlo. Prefiere planear su cotidianidad, verse a sí misma con pequeños proyectos, propósitos e ilusiones de futuro: un de curso de cocina o nutrición, un viaje en familia, unas clases de baile, un retiro… es una lista demasiado larga para mí, y yo soy un pardillo sobrepasado y feliz a su lado. Es raro, decía, verla instalada en la nostalgia. De ahí que me descolocara tanto: respondía a mi pregunta con un precioso (y preciso) relato de infancia situado en una población de Alicante que no había vuelto a pisar desde que tenía trece años.

Y para suerte mía no paró de hablar. Los recuerdos iban despertando y formándose en su cabeza durante el mismo relato (he tenido la tentación de hacer aquí un esbozo de disertación vagamente aristotélica sobre la memoria, pero me callo). Eran recuerdos de una viveza y concreción extraordinarias. Se hacían presentes en su mente de una forma involuntaria, como si empujaran y dirigieran autónomamente el flujo de la memoria, al margen de su persona. Y de vez en cuando iba repitiendo “¿cómo es posible que yo me acuerde de esto ahora?” Me describió con todo lujo de detalles el traje de alicantina que su abuela confeccionaba para las fiestas del pueblo, con sus distintas variantes y adaptaciones a medida que pasaban los años,  la alegría y el sentimiento de orgullo al poder desfilar dentro de la carroza por la calle principal, a la vista de todos, el peligroso lanzamiento desde la carroza de unos caramelos descomunales (mini ladrillos de 5cm, de naranja o limón), o el sabor del helado de vainilla remojado en horchata que tomaban después del desfile. Se acordó también del edificio de apartamentos en el que se alojaban, de la piscina y el picor de ojos que le causaba el cloro, de su abuela pegando un grito desde el balcón para que subiera a cenar y de la emoción por reencontrarse con sus amigas después de la cena…

Y así estuvimos dos horas. Yo le iba haciendo preguntas y más preguntas, tirando del hilo de nuevos recuerdos. No quería perder la oportunidad. Iba de su mano recorriendo, uno a uno, los distintos pasadizos y salones de su infancia alicantina. Fue un viaje en el tiempo para ella. Un refugio. Para mí, un viaje fascinante y voluptuoso al centro de su intimidad, de su ser. Acabó su relato con una de sus frases lapidarias, “fueron años de una felicidad completa, sin fisuras”. Su rostro había cambiado, y el mío también mirándola a ella. Muy atrás, en otra dimensión del tiempo, quedaba la reunión de trabajo. Por delante una templada noche de septiembre. Y a lo lejos, de nuevo las campanas.

 

 

 
 
 

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