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Desvaríos de fin de verano

C
hace 6 horas
2 min de lectura

Recuerdos de Soria durante el mes de agosto: el silencio, el viento, los campos de trigo, dorados como panes tostados al sol. Ahora fantaseo con aquel color; lo veo como un preámbulo del porvenir.

El tiempo parecía detenerse, suspendido, apenas alterado por el vaivén de la luz. Los días se sucedían en un ciclo de felicidad: cada uno era la continuación natural del anterior. Uno se sumergía en un flujo constante de vida, sin pausas.

La casa de piedra era un refugio fresquito, una agradable protección contra el seco y sofocante calor del mediodía. A la caída del sol, cuando las últimas luces del día bañaban las hojas de los álamos que había junto al río y el campo iba perdiendo su brillo, el aire se llenaba de matices más templados, el olor a trigo lo invadía todo. Las ruedas de paja, la desgastada carretera, el nido de cigüeñas apostado en el campanario de la iglesia…todo se iba disolviendo con el nacimiento de la noche. Era como una muerte lenta que arrastraba consigo cuanto quedaba a la vista, salvo la luna, las estrellas y la farola amarilla y languideciente, erguida a la entrada del pueblo. En torno a aquel foco solitario se arremolinaban los insectos, una nubecilla de puntos flotantes con un extraño efecto hipnótico.

Era un momento único. Mi mirada se perdía en aquella gradación lumínica inabarcable. El viento también era distinto: más terso, más seductor. Me dejaba alcanzar gustoso por su cálido susurro. En esos instantes, no me habría importado desaparecer, dejarme arrastrar hacia tierras lejanas e insondables. Lo dejaba todo (el balón, la bici o el libro) y atendía únicamente aquella llamada. Si la hubiera desoído, una parte de mí se habría perdido en la distancia.

Por la noche, nos tumbábamos en las hamacas del jardín, bajo un techo de estrellas titilantes. Envueltos en gruesos edredones, nos perdíamos en el cri-cri de los grillos. Mi hermana se acurrucaba junto a mi padre y ambos formaban una extraña silueta: dos bultos oscuros, difuminados en la penumbra. Ella le susurraba al oído un río de preguntas. Lo importante no eran las palabras, sino el cálido fluido que dejaba entrar en él. Algunas veces me dormía escuchando ese murmullo, sonidos flotando entre las pálidas luces del cielo.

Soria era un mar de sensaciones sosegadas, un océano y una deriva familiar, un naufragio dulce y compartido. Son tantas las cosas que vienen a mi memoria: el chasquido de las marchas de la bici, el crujido de la achacosa madera a cada cada pisada, la textura del trigo en mis manos, el viejo DVD, el montaje de mantas en los sofás para ver la tele… algo de otro tiempo teñía cada detalle, cada instante. Era poco, pero para mí era mucho: demasiado, más de lo que podía retener.

En Soria no sólo aprendí a mirar, aprendí el valor de lo pequeño, del silencio que habla detrás de las cosas, su leve e indestructible fulgor.

 
 
 

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