Tomar cartas: IA y Cine
Al igual que en muchas otras materias y ámbitos, también se está hablando —y mucho— del uso de la IA en el cine. No es para menos: ya existen festivales en los que se presentan películas creadas íntegramente mediante esta tecnología, véase el reciente Atlàntida Film Fest. Hay una multiplicidad de voces y mucho ruido entorno al asunto, y escasea el rigor y el análisis crítico. De hecho apenas hay artículos que traten de frente el problema. La mayoría parecen más preocupados por encontrar un punto de equilibrio entre todas las posiciones que por hacerse las preguntas decisivas. No me malinterpreten: soy el primero en rechazar las opiniones meramente «anti» —y ya verán que esto no pretende ser una apología contra el uso de la IA—, pero mi amor por el cine y por todo lo que significa para mí me lleva a querer pensar seriamente qué puede ocurrir cuando esta tecnología empiece a trabajar a pleno rendimiento..
Me parece oportuno comenzar citando a uno de los directores con mayor talento y músculo creativo de la industria actual: Christopher Nolan. En julio de este mismo año, a propósito del estreno de su portentosa Odisea, dejó una frase en una entrevista con Hugo Décrypte que merece la pena comentar, aunque él no lo hiciera entonces: «La IA es un caballo de Troya cuyos griegos están dentro. Es transparente, está hecha de cristal».
Qué sutil y elegante posicionamiento, y qué fácilmente se ha interpretado como una postura anti-IA por parte del director norteamericano. La cuestión no es, en este caso, que la tecnología esconda algo secreto. Todo lo contrario: todos vemos perfectamente lo que promete. Generar imágenes, reducir costes, acelerar procesos, producir voces, actores, decorados, guiones… El caballo resulta atractivo precisamente porque parece ofrecernos algo que queremos.
Y abro aquí un primer hilo —porque de esto se trata: de suscitar preguntas, no de decir qué pensar ni de limitarse a informar—. Si una tecnología consigue producir el resultado de un trabajo sin necesidad de realizar buena parte de aquello que constituía ese oficio, ¿seguimos hablando de la misma actividad artística?
Hablando de arte, parece sensato recordar la etimología de la palabra. «Arte» viene de ars, artis, término relacionado con una idea de habilidad, técnica, oficio y saber hacer. La pintura se hace, la literatura se hace y, en el sentido más sencillo y material de la palabra, el cine también se hace.
Esto nos lleva a pensar el cine como algo que requiere una mecánica, un proceso y una elaboración. En una película generada exclusivamente por IA parecen quedar fuera los tres factores principales en la cadena de creación: idea, instrucción y resultado. Un atajo, en pocas palabras. Y cabe preguntarse si el arte puede entenderse desde esta lógica.
Porque muchos de los elementos más valiosos de una película no están en la cabeza del director antes de empezar. Aparecen durante el proceso: un actor hace algo inesperado; la luz cambia; una localización obliga a modificar una escena; el montador descubre que una mirada funciona mejor sin diálogo. Podrían citarse infinitos casos. Hacer una película es también descubrir la película mientras se hace.
La IA se acerca, una vez más, a una lógica basada en la obtención inmediata de resultados y en la reducción del proceso a un producto final. Formulo entonces otra pregunta: ¿es el cine únicamente una cuestión de resultados o hay algo esencial en el proceso que no debería perderse por el camino?
Si asumimos como constitutivo ese proceso —esfuerzo, también podría decirse—, aceptamos de la misma manera que una película es una obra profundamente comunitaria. Volviendo a Nolan, precisamente su nueva Odisea sirve como gran ejemplo de inteligencia colectiva. Más allá de las numerosas personas que participaron en ella, Nolan consiguió que el trabajo de cada una formara parte de una creación común. Así lo decía el propio Matt Damon: «We were all in it together, we were all out in the elements».
Una película es algo que ninguna de esas personas podría haber producido exactamente por separado. Hay una interrelación fundamental. Incluso la recepción es comunitaria: la comunidad da sentido, de principio a fin, a esa obra artística. Recuerdo aún cuando salí del cine con un amigo después de verla, comentarla y discutirla hasta la cansarnos, deambulando por la Diagonal sin darnos cuenta de que era medianoche. La experiencia de ver cine es, simultáneamente, individual en su deleitación presente y comunitaria en su fascinación posterior.
La IA puede alterar parcialmente este sentido al abrir la posibilidad de que un solo individuo sea capaz de generar una obra entera. Aunque quizá ni siquiera convenga decir «producir». Más bien organizar una obra a partir de instrucciones, dejando en manos de la herramienta una parte cada vez mayor de aquello que tradicionalmente correspondía al proceso creativo.
Como en toda disertación, y ya advertí que este no es un texto anti-IA, sino una suerte de objeción de conciencia ante su uso total y masivo en la producción cinematográfica, es evidente —y yo soy el primero en servirme de ella— que esta tecnología puede facilitar numerosos procesos. Algunos directores, como James Cameron, se muestran más proclives a incorporarla, aunque insisten en que debe seguir siendo una herramienta artística y no un sustituto de los artistas.
Y aquí entramos en el eterno dilema. El problema no es la máquina en sí —eso parece bastante claro—, sino quién la utiliza, para qué la utiliza y, sobre todo, qué decide dejar fuera cuando la utiliza. Cameron reconoce que el cine siempre ha incorporado nuevas tecnologías, desde el color hasta el montaje digital. Pero existe una diferencia que merece la pena discutir entre una herramienta que permite hacer algo nuevo y una herramienta que pretende hacer aquello que, hasta ahora, constituía buena parte del trabajo creativo humano.
En pleno estado de pánico, alimentado por los numerosos informes y advertencias procedentes de las Big Tech sobre los futuros peligros de la IA para nuestra especie, quizá convenga reivindicar una posición menos cómoda y más exigente. Ni el alarmismo que imagina la desaparición inmediata de todo lo humano, ni el entusiasmo de quienes identifican necesariamente innovación con progreso.
La discusión no debería limitarse a preguntarnos si la IA puede hacer cine. Puede generar imágenes, voces, secuencias e incluso relatos con una eficacia cada vez mayor. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: qué clase de cine queremos preservar cuando todo pueda fabricarse sin rodaje, sin oficio, sin error, sin espera y sin comunidad.
Porque quizá el peligro no sea que la máquina llegue a hacer películas. El peligro es que, por ahorrarnos el esfuerzo de hacerlas, terminemos olvidando por qué necesitábamos hacerlas juntos.



Comentarios