Dar rienda suelta
La fe tiene un parecido a la risa. Uno la deja ir, sin reparos. Se ponga quien se ponga delante. Brota con la osadía y la naturalidad de un torrente cargado en primavera. Lo difícil es meterse dentro, pasar de la mente al corazón, de lo que se piensa a lo que se hace. Porque ahí estamos todos, midiendo con una tacañería un poco sosa lo que le damos a la vida.
A veces uno se desespera por tener imborrable sensación de ser una presa de sí mismo. Trato de contener algo que, por no entenderlo, acaba perdiéndose en mi parálisis. En esos momentos, más vale reírse, soltar una buena carcajada limpia que despeje la mieditis tonta que nos aturde. Estaríamos apañados si tuviésemos que esperar a estar seguros o a conocer algo para amar. Este mundo caería en un mar de aburrimiento, el síntoma inequívoco y paradójico de que estamos viviendo en la desesperación. Ríete, ríete sin dejar de amar, y te digo que habrás traspasado el umbral de la verdadera felicidad.



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