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Lo numinoso

Dp
21 oct
5 min de lectura

Actualizado: 22 oct

En su obra Lo santo (1917) Rudolf Otto define lo numinoso como aquella dimensión de lo sagrado que nos hace topar con lo radicalmente otro. En ese choque con la otredad despiertan, al mismo tiempo, dos movimientos dentro del alma que no son excluyentes: temor reverencial y fascinación, mysterium tremendum et fascinans. Son aspectos que deben entenderse como consecuencias del encuentro con lo sagrado, y no como sus causas.

Lo numinoso hace surgir en nosotros el sentimiento de criatura, la conciencia de nuestra pequeñez, el asombro, la fascinación y la dependencia frente a algo que nos supera…


Barcelona, marzo/abril de 1986. Cine Fontana (C/ Gran de Gràcia 171). Estreno de Rocky IV.

Tenía nueve años. Vivía en un pueblo del Baix Llobregat de mil quinientos habitantes, a unos cuarenta minutos en coche de Barcelona. Ir a la ciudad para ver una película era un acontecimiento extraordinario que se repetía una o dos veces al año. Nada comparable, ni siquiera se le acercaban las visitas al videoclub del pueblo con mi hermano, que tenían su propio ritual memorable, y que dejo para otra ocasión (las tiras de cartulina metidas en el forro de las cajas vacías de las películas, ¿recordáis?… y la vuelta a casa con las manos vacías porque alguien se te había adelantado…y esperar una, dos o tres semanas hasta alquilar la peli deseada…).

Yo no estaba habituado a las dinámicas y dimensiones de una gran ciudad. Las amplias calles y avenidas, el ejército de semáforos, la circulación caótica, la gente entrando y saliendo de los grandes almacenes, que parecían auténticos hormigueros… Todo aquel trajín me maravillaba. Y una vez en el cine, cientos de personas congregadas en la entrada. ¿De dónde narices salían? (Un dato: en el cine Urgel, el más grande de Barcelona con 1.832 butacas, cabían todos los habitantes de mi pueblo con sus mascotas.) Si el estreno era sonado la masa de gente se desparramaba en todas direcciones, y acababa ocupando una parte de la calzada, sin que eso supusiera un problema para los coches. Casi nadie se conocía allí, y, aun así, se podía palpar en el ambiente una expectación creciente, compartida, alegre. Pocas veces el anonimato me ha sido tan grato. Quizá porque en mi interior se mezclaba con la experiencia de lo que iba a pasar. Ir al cine era sinónimo de novedad radical: un viaje a lo desconocido con gente desconocida.       

Meterse en la sala era otro viaje dentro del mismo viaje. Las luces mortecinas, la moqueta granate que lo cubría todo, las voces y las prisas para coger asiento, el aire cargadísimo (había zonas reservadas para fumadores a las que iba con mi padre, una vez cogidos los asientos). Sentado en mi butaca la oscuridad me envolvía, enteramente. Me miraba incrédulo y fascinado: se habían borrado las líneas de mi cuerpo. Como cualquier niño, yo tenía miedo a la oscuridad. En mi casa había una bodega excavada bajo tierra, era una especie de búnker húmedo con barricas y botellas. Cuando me mandaban a por una botella de vino lo pasaba francamente mal. Subía las escaleras como un rayo, con la botella en la mano, huyendo de los amenazantes espectros convocados para la ocasión. Pero la oscuridad de la sala tenía el efecto contrario. Me abrigaba, me resguardaba del mundo, de todos mis miedos y sinsabores, que se esfumaban por arte de magia durante un par de horas. ¡Malditos acomodadores, con sus linternas de petaca agujereando impúdicamente aquella oscuridad benefactora! Sólo cabía esperar. Esos instantes previos a la proyección eran de una tensión máxima. Galopaba entre dos mundos, quieto y veloz al mismo tiempo. En pocos segundos una potente luz iba a colapsar mis pupilas, y la pantalla, que hasta ahora había sido una sombra gris y lejana, haría saltar por los aires mi pequeño campo de visión. Dejaba de existir, sin más. La pantalla me engullía. Mi cuerpo y mi conciencia se elevaban y disolvían en una feliz amalgama de imágenes, sonidos y emociones…   

De entre las pocas películas que vi en el cine durante aquellos años Rocky IV fue la que me marcó más profundamente. Puede parecer una exageración o una frivolidad, pero no miento si digo que Rocky IV me condujo hasta las mismas puertas de lo numinoso. Si lo hizo o no por méritos cinematográficos propios es una cuestión secundaria, pienso ahora. Me importa un bledo, en realidad. Antes de escribir este post, he pasado un buen un rato leyendo las críticas que salieron al poco de su estreno. Ninguna salva a la película de la quema, y ninguna crítica se salva de la ridiculización y la condescendencia. En concreto, me ha llamado la atención una reseña publicada en La Vanguardia el 17 de marzo del 1986, que se desarrolla como una encadenación de mofas sobre los distintos episodios de la historia: desde la aparición ex nihilo de Drago al inicio de la película, pasando por el apoteósico entrenamiento de Rocky en una cabaña perdida en los Urales, hasta el discurso final de Rocky después de vencer a Drago, en medio de miles de rusos chaqueteros que se han cambiado de bando y vitorean al americano. Todo eso y más, resulta ser un material muy adecuado para una simpática caricatura. Claro que sí. Y la crítica en cuestión lo conseguía, con una gracia periodística bastante lograda. Pero uno no deja de sorprenderse cuando lee al final: Su director, guionista y astro, Sylvester Stallone, nos dispensa en ella – tal vez sabiamente – de toda veleidad argumental y psicológica, para apoyarse exclusivamente en el mito y la emoción. Se trata de una afirmación que, sin proponérselo, va más allá de la ironía de la que hace gala. A mí por lo menos me ha hecho pensar en mi niñez y me ha parecido una clave interpretativa seria para toda niñez.

La manera en que nos afecta o cambia aquello que vemos, leemos o experimentamos en la infancia tiene que ver mucho con el mito y la emoción. Crecemos y maduramos con mitos. Por lo menos yo, con nueve años, los necesitaba. No sabía gestionar de otra manera las dificultades o desafíos que la vida me ponía delante. El mito, cuyo nacimiento y desarrollo está unido al surgimiento y control de algunas emociones primarias, nos ayuda a encontrar un sentido a la desproporción, especialmente cuando somos niños, entre lo que vemos alrededor (personas buenas, malas, mezquinas, o que mueren, aman, odian…) y lo que sentimos. Rocky IV, o mejor dicho, la proyección de Rocky IV en el cine Fontana de Barcelona, dio forma y sentido a una serie de inquietudes que me rondaban confusamente por dentro. Me cambió y determinó de un modo que aún hoy reconozco y agradezco. ¿Quién era Drago? ¿Por qué muere Apolo? ¿Qué siente y hace Rocky al respecto? La película me habló de la muerte, de límites infranqueables, de fe, sacrificio, coraje o amistad. Y lo hizo sin rodeos, antes que nadie, por medio de una ética y estética videocliperas, pero no a pesar de ellas (¡majestuosa banda sonora de Vince DiCola, que sigo escuchando en mis entrenos!). Directo al corazón, sin medias tintas. La imagen de Drago mirando el cuerpo inerme de Apolo me dejó en estado de shock, lo reconozco. Al igual que las palabras que le espeta el ruso a Rocky momentos antes del combate: I must break you. No es que quisiera destrozar a Rocky, ¡anunciaba una jodida necesidad metafísica! Drago era la viva y pavorosa imagen de la muerte. Rocky la del sacrificio y la esperanza. ¡Cuántas cosas despertaron aquel día en el Fontana! ¡Qué pequeño y grande me sentí en menos de dos horas, sentado en aquella polvorienta butaca granate!

Un misterioso aleteo, una épica y un cielo cargado de estrellas en la noche de mi vida, en el soñado cine de mi infancia.

 

 

  

 

   

 

 

 

 

 

 
 
 

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