Levantar la mirada
Volvía de una charla en Xaloc —el colegio donde cursé bachillerato—, después de un día ajetreado. Aún estaba emocionado: esa misma mañana había hecho las pruebas para el segundo nivel del aula de teatro de la uni y me habían cogido. Entre las clases, la prueba y un entreno cañero, estaba bastante cansado, así que opté por tomar la línea 12 de bus, que recorre la Gran Via de pe a pa, y evitar los inacabables transbordos del metro. Era la opción más larga, pero no tenía prisa y había pensado, metódicamente, cómo aprovechar aquel buen rato: ponerme los auriculares, escuchar a Bach y leer El señor de los anillos. Un plan que combinaba serenidad y concentración. Justo lo que necesitaba después del no parar del día.
Ese deseo de desconexión, solemnidad y aislamiento empezó a desmoronarse a los pocos minutos de subir al bus: los pitidos de tarjetas al pasar por el lector, las conversaciones de tono elevado, las risas, los baches cada cincuenta metros.... Todo aquello rompía tercamente la atmósfera que trataba de crearme. Unas paradas después, se instalaron frente a mí, en la zona reservada para carritos, una madre con su hija. La niña debía de tener alrededor de un año y medio: rizos castaños, la cara repleta de pecas y una chaquetita tejana bien ajustada. La madre encendió el móvil casi automáticamente y yo, después de fijarme un momento en ellas, traté de continuar con mi lectura.
Levanté la mirada un par de veces y me di cuenta de que la niña me miraba fijamente mientras meneaba con su manita una especie de maraca con forma de león. Su actitud me descolocó completamente y, en cierta manera, me hizo sentir ridículo. Ahí estaba otra vez: hasta ese pequeño plan tenía algo de mi autoexigencia de siempre. Incluso el descanso debía ser provechoso, cuantificable, y bastaban unos baches y unas conversaciones para que dejara de parecerme suficiente.
Tomé conciencia de la gravedad con la que intento rodear demasiado a menudo mi vida, como si para encontrar algo valioso tuviera que elevarme por encima de lo que tengo delante. Y lo que tenía delante era una niña que me miraba y agitaba un león. Le hice una carota. Ella, ajena a mis pretensiones, me invitaba a algo que he escuchado en muchos sermones, pero que no acostumbro a poner en práctica: hacerme niño, o dicho de otra forma, a despreocuparme. Soltar, soltar y soltar.
Así pasé el resto del trayecto: intercambiando gestos y carotas con aquella niña . Al bajar de lo que había acabado pareciéndome el gatobús de Totoro, caminaba de vuelta a casa en una nube de una insospechada plenitud y pensando para mis adentros “qué fácil es y qué difícil lo hacemos”.



Comentarios