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Temporalidad vivida y tiempo de uso (releyendo)

  • Dp
  • 26 may
  • 4 min de lectura

Releyendo estos días La resistencia íntima, de Josep M. Esquirol (a cuyas clases tuve la suerte de asistir durante la carrera): “Se explican muchas anécdotas y aventuras mientras que escasea la transmisión de experiencia. El choque superficial o la vivencia placentera y pasajera pronto están dichos, pero la experiencia se transmite día a día, de forma discreta, y no termina nunca: la del viejo al joven o la del maestro al aprendiz o la del superviviente de los campos de exterminio a las nuevas generaciones… experiencia implica metanoia, un cambio en la manera de estar en el mundo y de sentir la vida”.    

Aunque todo esto me suena muy bien y en cierto modo lo comparto, me surge una sencilla pregunta de primer curso de filosofía: ¿puedo transmitir mi experiencia? ¿No será que mi querido profesor confunde la experiencia con un aprendizaje vital? La experiencia es aquello que, por definición, no se puede transmitir, es intransmisible. Puedo enseñar a mi hijo un juego o un oficio. También puedo, con mi ejemplo y dedicación, enseñarle una serie de valores. Pero no puedo transmitirle ninguna experiencia al respecto. Las experiencias las tiene uno, nadie más que uno, el aprendizaje, por el contrario, se recibe de otros (con más experiencia). Puede existir, debería existir, una continuidad entre aquello que aprendemos de otros y aquello experimentamos. La experiencia, en efecto, es susceptible de ser educada, guiada, pero, insisto, no puede haber una transmisión de experiencias. Una prueba de ello, más allá de la imposibilidad ontológica apuntada, es lo que sucede cuando creemos que enseñamos algún tipo de valor o lección a alguien, pero el destinatario no tiene, o no quiere tener, una experiencia acorde con aquello que se le transmite: el contenido de su experiencia puede, incluso, ir en la dirección contraria.   

Aclarado este punto menor, vayamos al meollo de la cuestión, que se encuentra en la frase final que he citado: “experiencia implica metanoia, un cambio en la manera de estar en el mundo y de sentir la vida”.   

La experiencia NO implica metanoia, sino temporalidad vivida. La metanoia o el cambio en la manera de estar en el mundo viene a ser como una consecuencia (plena, superficial o inexistente) de esa temporalidad vivida que llamamos experiencia, pero no es ningún requisito, no tiene el carácter de una implicación necesaria. Por otro lado, la temporalidad vivida es lo que da una forma biográfica a nuestra vida, a lo que nos ha pasado, a través de la memoria (ya sea voluntaria o involuntaria), y a lo que ha de venir, a través de nuestra apertura constitutiva hacia el futuro. De esta manera tomamos consciencia presente de lo que somos, y, como se suele decir, adquirimos experiencia, sabiduría, prudencia, y afinamos, con el tiempo, nuestra capacidad de decisión, que se ve enriquecida a diario por lo que vivimos retrospectiva y proyectivamente. Es un proceso que está lejos de ser simple y que dura toda la vida, por lo que trato de evitar ciertas abstracciones reduccionistas: no creo que exista algo así como un presente desnudo o puro con su experiencia correlativa. No al menos en esta vida que me ha sido dada. Y lo dice alguien como yo, con una marcada tendencia hacia el misticismo. Así que cuando leo o escucho eslóganes del tipo “vive el ahora” o “donde estás es donde ocurre la vida” o “lo único real es este momento” se activan distintas alarmas en mi cabeza. Son mensajes que, en determinados contextos muy habituales, dejan entrever un empobrecimiento de la experiencia, y son el rastro, no siempre fácil de reconocer, del naufragio de nuestra identidad narrativa. Lo que me lleva a otra cosa.

Por una feliz coincidencia estoy cruzando la relectura de La resistencia íntima con la relectura de Momo de Michael Ende, y el resultado de ese extraño cruce se ha traducido en otra pregunta también extraña, que nunca hasta ahora me había hecho: ¿puedo tener una experiencia continuada de la no experiencia? Y mira por donde la respuesta a esa pregunta no la encuentro, ahora mismo, en ningún tratado de teología mística sino desbloqueando el móvil y accediendo al tiempo de uso. ¿Recordáis la conversación de Momo con el hombre de gris y cuando éste, fuera de sus casillas por las sencillas y profundas observaciones de la niña, se arranca exasperado su careta y revela sin querer el verdadero propósito de su trabajo?: “Tenemos que pasar desapercibidos, nadie puede saber que existimos y lo que hacemos…Nos ocupamos de que nadie pueda retenernos en su memoria…Un negocio muy laborioso este de arrancar a los seres humanos su vida hora a hora, minuto a minuto, segundo asegundo…Porque todo el tiempo que ahorran lo pierden…Nos lo quedamos…Lo ansiamos… ¡Ah, no tenéis ni idea de lo que significa vuestro tiempo!”

¡Lo tengo decidido! Hoy mismo hago mis maletas. Pasaré una temporada junto a Momo y sus amigos. Seguro que podré instalarme en algún rinconcito del anfiteatro. Ya me veo conversando con todos ellos. O en el silencio de la tarde, contemplando el cielo, lejanamente rasgado por el sonido de las golondrinas, sentados en la última fila del anfiteatro y acariciando con los pies descalzos las cálidas y antiguas piedras cubiertas de hierba...

 
 
 

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