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Sónar: pegados pero desconectados

  • Dh
  • 3 jul
  • 2 min de lectura

Vaya por delante que no soy fiestero, aunque me gusta, como a cualquier tipo normal, salir por ahí con mis amigos y pasar un buen rato entre risas y complicidad. Desde hace unos meses, por una experiencia que no viene al caso, empecé a aficionarme a la música electrónica: house, psicodélica, algo de techno. Se convirtió en un refugio. Apagaba así el runrún de la cabeza, y yo y el beat nos convertíamos en uno. La consecuencia natural de mi nueva afición ha sido ir a un festival, y no a uno cualquiera, sino a uno de los más icónicos de Barcelona: el Sónar. De eso tratan las siguientes líneas.

Como futuro periodista —y espero serlo pronto— considero que una de las misiones de esta gran profesión es la de hablar de lo que no funciona sin erigirse uno en árbitro moral de nada, me gustaría poder detectar aquello que nos frena como comunidad sin dejar de sentirme un miembro más. Mi experiencia en Sónar me ha dado una oportunidad de primer orden para poner en práctica este principio .

Entramos en el recinto después de cenar. Todo iba bien al principio. Con un buen amigo y algunas cervezas. Mi grupo favorito y su directo memorable resonando en el ambiente. Lo pasamos en grande hasta cierta hora. Pero la euforia y los efectos del alcohol fueron desvaneciéndose poco a poco, hasta que, en un momento dado, casi de sopetón, tomé conciencia de mi entorno, como quien despierta de un sueño.

Soy consciente de que el Sónar es un engranaje dentro de una cadena más larga. Algunos dirán que mi mirada es la de un baby ajeno a este universo. Puede que tengan razón. Pero tengo una ventaja, la distancia del novato. Quien no está acostumbrado a una realidad aún puede verla.

Y lo que vi fue esto: SOLEDAD. Puede parecer absurdo. Gente que va en grupo, cientos, miles de personas bailando codo con codo, pero ni un atisbo de complicidad.

Y vaya si se movía la gente! —no diría que bailaba, eran más bien impulsos viscerales al ritmo de una percusión constante y atronadora—. A escasos centímetros unos de otros, pero sin ninguna interacción. Cada persona parecía vivir encerrada en su propia burbuja dentro de una masa inmensa. Pegados, pero desconectados. Zombis. Esa fue la imagen que más me impactó.

Es posible que la normalización del consumo de drogas contribuya a acentuar esa dinámica. No lo sé con certeza. Pero lo cierto es que pocos estaban allí para compartir una experiencia con los demás, y la mayoría se empeñaban en desaparecer durante unas horas. Ahí reside quizá la paradoja más reveladora: buscamos festivales para sentirnos parte de algo, para celebrar la música junto a miles de personas, y sin embargo terminamos refugiándonos en una experiencia profundamente individual y destructiva.

Al salir del recinto lo vi con más claridad. Nos rozamos continuamente, pero nos cuesta mirarnos. Compartimos espacios, canciones y fotografías; rara vez compartimos el silencio, la conversación o la presencia.

 

 

 
 
 

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