Stranger Things: historia de un adiós
- Dh
- hace 2 dĆas
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Stranger Things no es solo una serie: fue una presencia constante en casi una dĆ©cada de mi vida. Fue esa serie que vi en familia en la calurosa buhardilla de la casa de mis abuelos, esa que comentĆ© en los pasillos del instituto y que me acompañó cuando el mundo se volvió mĆ”s complicado. Por eso esta despedida no nace del rechazo ni del fanatismo, sino del cariƱo y la honestidad. Las primeras temporadas funcionaban porque la serie no tenĆa prisa por ser Ć©pica: confiaba en el silencio, en el ritmo lento, en misterios no definidos que daban miedo precisamente por eso. Dustin soltaba bromas torpes en peligro. Mike miraba a Once sin necesidad de gritos romĆ”nticos. Todo era natural, vĆvido, cercano. Pero algo se torció a partir de la cuarta temporada. Stranger Things comenzó a tener miedo al silencio. Todo debĆa pasar rĆ”pido, todo debĆa impactar. La narrativa se volvió atropellada: demasiadas historias, demasiada asfixia. Los personajes secundarios se multiplicaron sin peso emocional real. Once se convirtió en un recurso narrativo. Will quedó atrapado en la repetición de su sufrimiento. Y lo peor: la emoción se convirtió en espectĆ”culo. El discurso de Will de la quinta temporada lejos de ser una confesión Ćntima se convierte en una performance woke ante un teatro de testigos. La serie dejó de confiar en nosotros.
Y aun asĆ, cuando pienso en Stranger Things, no pienso en cómo termina. Pienso en esos niƱos en un sótano, en Hopper comiĆ©ndose una pizza frĆa, en el miedo genuino de no saber quĆ© venĆa despuĆ©s. Esa serie seguirĆ” siendo especial porque empezó tan bien que ningĆŗn final puede quitarle eso. QuizĆ” perdió parte de su alma en el camino al intentar ser demasiado grande. Pero durante mucho tiempo fue sincera, emocionante y profundamente entraƱable. Por eso, incluso con sus tropiezos, Stranger Things seguirĆ” siendo una serie que guardarĆ© en el corazón. No por cómo termina, sino por todo lo que fue cuando todavĆa creĆa en la sencillez.