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A tu lado no me perderé

  • C
  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

¿Quién es Dios? ¿Acaso puede alguien responder a esta pregunta? Soy un chaval de veintiún años que vive en un mundo poblado de miles de millones de personas, dentro de un suspiro de la vasta historia universal, o sea que pinta mal la cosa. Pero, Dios mío, por algún motivo que soy incapaz de ver, he nacido en una circunstancia muy concreta que me ha permitido conocer y amar lo que a priori parecía impensable. Decía Chesterton que lo más increíble de los milagros es que ocurren.

Ahora bien, ¿cómo se llega realmente a eso que, en el fondo, todos queremos alcanzar? Si realmente existe algo tan maravilloso, tiene que poder ser accesible a todo el que quiera encontrarlo. Aquí llego a un punto en que el corazón me obliga a recular y a reconocer:  para conocer a Dios necesitamos ayuda. Por nosotros mismos es imposible que podamos adentrarnos en un misterio tan grande. Dios quiere llegar hasta nosotros, pero no de cualquier manera, sino en espíritu y en verdad. Entonces la pregunta adecuada es: ¿Quién puede guiarnos en el camino del espíritu?, ¿quién puede ayudarnos a acercarnos a Dios?

Lo primero: es Dios mismo el que nos va a atraer. Él nos ama, y su más leve roce ya nos impulsa a buscarle con todo el corazón. En el instante en que percibimos su presencia, todo nuestro ser se vuelve en su búsqueda. No obstante, nuestro amor se verá probado en la medida en que queramos permanecer a su lado. Lo más fuerte es que Él arde en deseos de hacerlo y ha dispuesto todos los medios para que podamos lograrlo. Y es aquí donde entra en juego la Iglesia: ella es la madre que nos sumerge en los misterios de Dios.

Para mí, la Iglesia ha sido un camino de maduración en el amor. Gracias a los dones que administra voy descubriendo los deseos profundos que se esconden en mi corazón. Ella me ha mostrado que lo que más anhelo es perdonar y ser perdonado. Me ha hecho comprender que lo que verdaderamente deseo es convivir y dar todos mis pasos junto a Jesús, que me espera en la Eucaristía. Ella exalta continuamente mi libertad; me recuerda que puedo amar más y mejor. Con el paso del tiempo, mi escepticismo ha ido cayendo por su propio peso. En su compañía he aprendido a soltar mis apegos y las reticencias que tanto daño me causaban. Ahora miro hacia atrás y de mis labios solo brota un balbuceante “gracias”.

 
 
 

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