Del porqué no es bueno que haya un giro católico para los católicos
- Dp
- hace 2 días
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Las conversaciones más sabrosas me suelen pillar con una taza grande de café en la mano, de buena mañana y en batín (llevar batín a las nueve de la mañana de un martes cualquiera es uno de los escasos privilegios de ser autónomo). Esta vez fue con mi esposa y mi hijo mediano de 19 años. Comentábamos mi esposa y yo la dificultad de ser padres en determinadas etapas de la vida, y le explicábamos a nuestro hijo que estábamos atravesando una de esas etapas. El resumen es el siguiente: nos quejábamos de que a los padres se nos exige mucho, no tanto con demandas de tipo material, sino de orden moral y espiritual. Tampoco se nos exige de forma directa. Un hijo busca tu apoyo en un desengaño amoroso, en una crisis vocacional o existencial, o en un fracaso académico, y lo que espera, además de apoyo y cariño, es la palabra justa de consuelo, la orientación para afrontar su futuro después del tropiezo, al mismo tiempo que respetas su manera de ser y su libertad. Por si fuera poco, también espera de ti un impulso motivacional, es decir, te pide que seas su coach pero sin pasarte de frenada, sólo un ratito. Y es lógico que espere todo eso de ti, pero también es lógico que como padre te sientas sobrepasado, agotado y acabes por pifiarla a menudo. Nuestro hijo todo esto lo entiende sin mayor problema, pero, después de escucharnos, nos hizo una observación que nos dejó atónitos: “Bueno, también os habéis puesto el listón muy alto, os pedimos en la misma medida en que nos habéis dado a entender, con vuestro ejemplo y dedicación, que ser padre es todo eso que decís”.
Es un comentario justo, del que pudimos sacar algunas conclusiones personales mi esposa y yo. Pero a mí, además, me sugirió una idea sobre la que voy rumiando desde entonces y que motiva el título de este artículo. Los padres transmitimos a los hijos un horizonte de sentido, es decir, transmitimos un marco de lenguaje, prácticas, creencias y expectativas que permite a nuestros hijos interpretar el mundo e interpretarse a sí mismos. Les enseñamos a mirar. No se trata de un mero volcado de conocimientos o principios morales o religiosos. Es algo previo, más fundamental. Decía Zubiri: “El horizonte no se ve. Se ven las cosas en el horizonte”. La transmisión de ese horizonte (amplio como un cielo despejado, por supuesto) es uno de los cometidos esenciales, más atrayentes y complejos, de la paternidad. Y es una tarea insustituible. Bien, pero uno podría preguntarse: ¿qué relación tiene todo esto con el llamado giro católico?
Lo diré sin rodeos: cuando debatimos sobre un supuesto giro hacia lo católico estamos asumiendo y dando por buenas unas categorías interpretativas del presente, de la historia, y en definitiva del hombre, que no son católicas. Hagamos un breve ejercicio de genealogía conceptual.
No nos cansamos hablar de la generación Z como sujeto de este giro. Unas veces nos centramos en sus rasgos distintivos, en sus movimientos o eventos, otras veces intentamos encontrar conexiones positivas o negativas con otras generaciones. En un artículo reciente leí que la generación Y tenía la misión de ser puente entre la Z y la X, y en otro que la generación de posguerra compartía con la Z un destino histórico de revitalización religiosa (me encuentro decenas de artículos de este tenor, parece que una hermenéutica atropellada se ha instalado en nuestras cabezas últimamente). Pero, ¿somos conscientes de lo que decimos cuando empleamos el concepto de generación? ¿De toda la carga filosófica, ideológica y antropológica que hay detrás de ese concepto? Y me diréis: no hay para tanto, es una manera de hablar, un lugar común que se acepta sin más y nos permite adivinar y estudiar tendencias o movimientos sociales. ¿Quién puede dudar de la existencia de generaciones? A veces me sorprende la inocencia de los católicos cuando acogemos como propio un debate, con sus términos y condiciones teóricas, sin validar su procedencia ni sopesar su alcance.
Quizá estaría bien repasar la teoría de las generaciones de Ortega para entender algo básico: el concepto de generación tiene como presupuesto una visión historicista y dialéctica del ser humano. “Las generaciones -nos decía Ortega- son las unidades básicas de la historia” porque “El hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es historia; porque la historia es el modo de ser de un ente que es constitutivamente, radicalmente, movilidad y cambio”. Son afirmaciones fuertes, con las que tal vez no estaremos de acuerdo, pero reflejan una coherencia interna innegable y nos ayudan a saber dónde estamos.
Al considerar la generación Z como sujeto o protagonista de un despertar religioso nos deslizamos hacia una distorsión. No es una distorsión total, pero sí lo suficientemente significativa para cambiar los pesos de la balanza y el lenguaje. Nadie niega lo fundamental: el deseo de Dios es constitutivo de todo ser humano, pero corremos el riesgo de convertir ese deseo en el centro de una discusión histórica y sociológica, y por esa vía corremos el riesgo también de adoptar una lógica sesentayochista que ve mandatos generacionales, rupturas y coaliciones en cualquier esquina. Por otro lado, reforzamos la idea de una identidad grupal cerrada, de un colectivo aparte, con una experiencia de fe propia, casi incomunicable, es decir, promovemos la atomización social en lugar de afianzar la verdadera transmisión, la traditio, entendida ésta en un sentido amplio (no estrictamente eclesial) como un lugar en el que las diferencias históricas y naturales se integran en una continuidad espiritual viva y vivificante para todas las partes implicadas. Se produce, además, un efecto colateral indeseado: metemos presión sobre un grupo que se encuentra en una etapa de formación, creando expectativas difíciles de sostener que pueden derivar en un sentimiento creciente de soledad y frustración.
Nos convendría no esperar tanto de los jóvenes y revisar nuestro papel como padres, nuestros aciertos y errores, nuestros discursos y nuestra fe. Nos quejamos con toda la razón cuando a los católicos nos cuelgan el sambenito de una determinada facción política o tendencia ideológica, pero a veces somos los primeros en seguirles el juego a quienes lo hacen. Es del todo absurdo afirmar que la generación Y debe actuar como puente entre la Z y la X por la sencilla razón de que estamos hablando de padres e hijos, de nietos y abuelos, y no de generaciones. Que no nos confundan. Las generaciones, si es que existen, no nacen de sí mismas, ni son el motor de ninguna historia a no ser que nos apuntemos a esa visión historicista de Ortega. Me imagino la impresión de un extraño aterrizando en este debate sin nociones previas sobre el mismo, creo que terminaría pensado en los Z (y perdonad la simplificación) como un movimiento de jóvenes que un día despiertan y descubren el sentido trascendente de la vida o de la práctica religiosa.
He iniciado este artículo con un pequeño episodio familiar: cuando mi hijo me sugiere que sea consecuente, me hace ver, al mismo tiempo, dónde se juega el verdadero partido, y ese campo no es otro que el de la intrahistoria de las familias, donde la transmisión de la fe (y su horizonte de sentido) se hace efectiva y se realiza conjuntamente en todas direcciones, de padres a hijos, de hijos a padres, de abuelos a nietos, etcétera, en un aprendizaje inacabable y maravilloso. ¡En eso estamos!



Una gran lección de delicadeza y honestidad intelectual. Nos abre a un escenario que actualmente es muy necesario: la tarea de revisar nuestras propias ideas, y darnos cuenta de lo frágiles que son las categorías que tantas veces utilizamos con prisa y sin consciencia de su contenido. Olé papa!