Redescubrir la humildad
- Dh
- 2 mar
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Nunca pensaste que aquella idea del “amor líquido” de la que hablaba Zygmunt Bauman llegaría a concernirte. Te repetías que eso era cosa de espíritus frágiles, de quienes carecen de principios firmes en los que apoyarse; los amores que tú ibas a cultivar serían sólidos y maduros, como un sauce de raíces hondas. Observabas la fragilidad de las relaciones a tu alrededor con una altivez apenas disimulada, casi regodeándote en su inestabilidad. Hasta que, un día cualquiera, llaman a tu puerta. Toc, toc: tú también formas parte de esta sociedad. Y entonces recibes, sin previo aviso, un rotundo “hasta nunca”.
Qué lección de humildad tan necesaria. Sí, humildad, esa es la palabra. Porque los cristianos creemos, a veces de manera ingenua, que podemos elevarnos por encima de las grietas del mundo. Pensamos que nuestra formación, nuestras convicciones o incluso nuestra vida de fe nos blindan frente a las dinámicas de fragilidad que criticamos. Como si la fe fuera una muralla y no, más bien, un camino.
Y sin embargo, basta una sacudida para recordarnos que también nosotros somos arrastrados por esa corriente. Entonces comprendemos algo decisivo: no somos inmunes. No estamos hechos de un material distinto al del resto. La humildad a la que estamos llamados no consiste en sostener un ideal más alto, sino en reconocer nuestra propia vulnerabilidad. Solo desde esa conciencia entendemos que incluso el amor más firme puede volverse líquido.



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