Recuerdos de una casa, 1
- Dp
- 30 may
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Actualizado: 31 may
Hemos vendido la casa de Soria. La hemos vendido a una familia con hijos pequeños, de la misma edad que los nuestros cuando la compramos. Casi veinte años veraneando en el campo soriano. Bien mirado, siempre tuvimos razones objetivas para venderla mucho antes. La distancia, el mantenimiento propio y altísimo de las casas antiguas, los gastos fijos de electricidad, los impuestos locales… Pero ninguna de esas razones ha tenido un peso real en nuestra decisión de vender. En realidad, ninguna de esas razones estuvo nunca en la balanza. Mirando atrás, y al cabo casi de dos años, lo empiezas a entender, justo cuando asoma la nostalgia: fue una decisión vital y necesaria, que tomamos todos los miembros de la familia el último verano, sin saberlo. No fue exactamente una decisión conjunta sino una puesta en común. Cada uno, a su manera y movido por sus circunstancias personales, dejó atrás aquella casa en algún lugar del alma. La decisión cristalizó sin previa deliberación, unos meses después, cuando la casa ya se había convertido, borrosamente, en un recuerdo.
A veces dejamos lugares queridos y no lo podemos evitar. Han sido lugares que nos han marcado de algún modo, a los que debemos gratitud. Nos han inspirado, nos han hecho crecer, quizá durante más de una etapa de nuestra trayectoria vital, o en los que hemos visto crecer y madurar a otras personas queridas. Son lugares que pasan a formar parte de nuestra intimidad, de nuestro ser, de nuestra mirada. Y justamente por eso, porque han tenido un papel muy destacado en nuestra vida, debemos reconocerlos como lo que son, como lugares que pasan y dejamos en el camino porque la vida nos lo pide. Seguirán allí después de todo, pero de otra manera. Es cierto que has dejado de tener una disposición material sobre ellos, la posesión se ha extinguido, como decimos los juristas, pero también es cierto que te acompañarán de por vida, percibes ya su latido suave en el fondo de la memoria, e irán saliendo a tu encuentro, intuyes, en el momento preciso, como el refugio que guarece en la cercanía de la noche cerrada, o el claro junto al río, que invita al descanso después de una larga andadura.
No podemos aferrarnos a ellos. Aunque de hecho es lo primero que hacemos. Se trata de un error muy común y comprensible: exprimir todo lo posible un lugar que nos ha regalado momentos de pura felicidad. Pero seamos sinceros: perseguimos un espectro, no tanto de aquel lugar querido, sino de nosotros mismos, en un intento desesperado y vano por encapsular y perpetuar una fracción de nuestra existencia, que está llamada, en realidad, a transformarse en memoria y vida. Dejarlos ir, y eso incluye también acoger la inevitable nostalgia. No deberíamos sentirnos mal cuando ésta aparece, ya que, bien entendida, es un elemento que estructura y da sentido a la temporalidad que somos. En lugar de abandonarnos en la parálisis, la nostalgia nos señala la vía de la narratividad creativa. Es una manera, quizá la única, de echar raíces en nuestra historia personal, para entendernos mejor y proyectarnos con humildad hacia el futuro, lo cual no es poco teniendo en cuenta la proliferación de charlatanes que, de forma machacona y por muy variados canales, nos dicen cómo vivir y qué anhelar, aprovechando nuestra dispersión creciente en la pantalla. La nostalgia, en fin, como acto de resistencia, celebración y agradecimiento.
Resistencia, no contra el paso del tiempo sino contra el olvido de la temporalidad. (Dejadme invertir el tópico literario, porque si no lo hago, no me quedo tranquilo: Tempus non fugit, sed est.) Celebración, por lo que hemos vivido. Agradecimiento, por lo que hemos aprendido en lo vivido.
Esa es la clase de nostalgia que ahora quiero sentir por la casa de Soria.
Querido lector, si aún te queda un poco de paciencia conmigo, en el próximo post encontrarás un breve e imperfecto relato familiar de algunos momentos en aquella antigua casa soriana, momentos que vienen revoloteando hacia mi memoria, gozosa y atropelladamente como golondrinas de agosto al atardecer.


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