Querido profesor
- Dh
- 7 abr
- 3 Min. de lectura
Me acuerdo del primer día de periodismo: nos preguntaste qué aspectos de la profesión nos echaban para atrás. Algunos hablaron de precariedad, otros de inestabilidad. Yo fui sincero: lo que más me inquietaba eran las cargas ideológicas, esas líneas que, muchas veces, vienen marcadas desde arriba.
Recuerdo tu respuesta: que con eso hay que aprender a convivir, que forma parte del oficio, que el poder siempre está por encima. Entiendo por qué lo dijiste -supongo que lo habrás visto mil veces-, pero a mí me dejó un poco frío tu respuesta.
Hace poco encontré en un ensayo de Diego S. Garrocho una idea que no sale de mi cabeza. Viene a decir que tanto en la filosofía como en el periodismo hay algo que debería estar en el punto de partida: la sospecha. Cuesta imaginar a un buen pensador o un buen periodista que se defina a sí mismo como militante de una causa. Para eso ya están los partidos o los activistas.
Al final, dudar, contrastar y escuchar con cierta apertura, sin convertir al otro en enemigo a la primera, no es solo cosa del periodismo. Es casi una forma básica de estar en el mundo. Y quizá ahí es donde no termino de coincidir del todo contigo: me cuesta encajar esa actitud de sospecha con la idea de que lo normal sea resignarse a las líneas que marcan otros.
Porque, además, cuando hablamos de ideología no siempre está claro de qué hablamos. El término apareció en la Francia revolucionaria del siglo XVIII, cuando Destutt de Tracy lo utilizó para hablar de una “ciencia de las ideas”, un intento de entender cómo pensamos. En ese momento, tenía un sentido bastante optimista. Con el tiempo, sin embargo, la palabra fue cambiando: Marx la usó para referirse a visiones del mundo que, de alguna manera, deforman la realidad y sirven para justificar el poder. Es, más o menos, en ese sentido en el que la usamos hoy.
Cuando decimos que algo está “muy ideologizado”, solemos pensar en un conjunto de ideas bastante cerrado, que selecciona lo que encaja y deja fuera lo que molesta. Por eso, diría que no es solo cuestión de tener ideas políticas -eso es inevitable-, sino de dejar que se conviertan en un filtro permanente que lo tiñe todo. Ahí es donde tu respuesta de aquel día aún me convence menos: si la ideología funciona como filtro, ¿es suficiente con aprender a convivir con ella?
Se dice con razón que las ideologías son una especie de sucedáneos religiosos: te ofrecen una explicación total de la realidad, pero a cambio te piden que no dudes demasiado, incluso cuando los hechos no encajan del todo. Más que abrir la mirada, la van estrechando.
Supongo que tú esto los has visto y vivido en tus propias carnes. Y quizá por eso lo planteabas en términos más pragmáticos. Pero a mí, quizá porque estoy empezando, me cuesta entenderlo así, con ese tono gris conformista.
También te digo -y en esto intento ser honesto- que no hablo desde ninguna superioridad. Yo también me he dejado engatusar por el poder de la ideología, también defendí ciertas ideas casi por inercia, con más ganas de sentirme parte de algo que de entenderlo de verdad. Tener una especie de bandera tranquiliza: te ahorra preguntas y facilita apartar a quien no piensa como tú. Con el tiempo empecé a ver que ese refugio, aunque cómodo, se quedaba pequeño. No sé si en este punto estarías de acuerdo conmigo.
En todo caso, hoy sigo sin tener muy claro qué tipo de periodista acabaré siendo. Pero sí sé que me resisto a esa idea de que hay que convivir sin más con las líneas marcadas desde arriba.
No sé si eso es pecar de ingenuidad -quizá tú dirías que sí-, pero, de momento, me basta con intentar algo mucho más sencillo: no dejar de preguntar, revisar lo que creo cuando haga falta, y no tenerle demasiado miedo a cambiar de idea.
Un abrazo,
Dh



Comentarios