Primavera: sentimientos contradictorios
- Dh
- 15 abr
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Dando un paseo tranquilo, la primavera me embriaga de nuevo. Todo en mí quiere volver a nacer. El invierno se aleja despacio y, con él, se disuelve también la amargura que me abrazó día y noche. Nunca olvidaré ese invierno: la primavera lo enmarca como un cuadro, quizá la única estación capaz de darle forma.
A medida que avanzo, los rayos del sol se filtran insistentemente entre las verdosas hojas de los plataneros. Alzo la vista y, junto al azul del cielo, todo parece serenarse. Pero entonces aparece un grupo de inglesas, enrojecidas por el sol, hablando a voces, gritando a plena luz del día, con la euforia típica de unas copas de más, y la escena se rompe. Mi Barcelona en primavera.
Sigo caminando y la brisa me susurra, me invita a quitarme el jersey; dejo que esa brisa recorra cada milímetro de mis brazos desnudos y se meta por debajo de mi camiseta. Pero a algunos la brisa les sugiere demasiado y no tardo en toparme con la atrevida que saca a relucir toda su lencería. Me río para mis adentros y pienso que la indiscreción, como las hojas de los plataneros, no para de crecer en primavera. Mi Barcelona en primavera.
Más adelante, me entra hambre y decido entrar en una de las tropecientas heladerías que abren con la llegada del buen tiempo. Todas gourmet, italianas, totalmente caseras y, por supuesto, con helados deliciosos. Sin embargo, cuando me cobran seis euros por una tarrina mediana, el hechizo se rompe. No la devuelvo. Mi ciudad, pienso, es de todo menos inocente: no tiene piedad ni con los de aquí. Mi Barcelona en primavera.
Un poco después, un músico callejero, con una acústica que parece haber pasado por mil manos, rasguea y canta con voz suave Blowin’ in the Wind. La canción despierta en mí un deseo difícil de nombrar y me lleva de vuelta a aquella tarde en el cine Verdi, contigo, cuando los dos descubrimos a Bob Dylan. Entonces me invade un sentimiento semejante al de entonces. Decido volver a casa, envuelto en una nube de melancolía y esperanza.
Y, sin embargo, ahí sigue la primavera: hermosa, insolente, contradictoria. Me devuelve la promesa de empezar de nuevo y, al mismo tiempo, me recuerda que toda belleza en Barcelona viene acompañada de un pequeño exceso, inevitable. Mi Barcelona en primavera.


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