top of page

De redes y vínculos (un relato mental)

  • Dp
  • 7 abr
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 6 días

Suele señalarse como un efecto ambivalente de la red la percepción de aislamiento que provoca al mismo tiempo que suscita, por esa misma razón, un fuerte deseo de crear vínculos con los demás. Si esto fuera cierto podría interpretarse con un grado de positividad lo que nos sucede cuando navegamos. Sugiere un contraste enriquecedor, una dialéctica existencial transformadora: aislarnos y perdernos para intentar reencontrarnos después formando parte de algo que nos trasciende, de una comunidad civil, una religión, una asociación de cualquier tipo, o sencillamente para llegar a descubrir, entender y valorar los verdaderos vínculos, los que tantas veces relegamos, pero que dan un sentido, una densidad y coherencia a nuestra vida y nos colocan en una línea de tiempo, entre un antes y un después. Pensemos en vínculos de amistad, de familia, en esa clase de vínculos que exigen cierto grado de compromiso y trabajo, que se cultivan a lo largo del tiempo y que, por tanto, cuestan.

Lo anterior, es un razonamiento perfectamente válido siempre y cuando aceptemos tres premisas: 1) que sabemos distinguir lo virtual de lo real y asignar a cada ámbito el peso que merece en nuestras vidas, 2) que tenemos muy claro de qué hablamos cuando hablamos de verdaderos vínculos, 3) que estamos dispuestos a vivir conforme a 1) y 2).

Pero miremos con honestidad a nuestro alrededor, a nuestra experiencia cotidiana. ¿No será todo esto un espejismo teórico, un didactismo fútil? Ahora mismo me lo parece, sí, y no puedo evitar deprimirme y deslizarme hacia el campo indefinido de la poesía apocalíptica...

Si alguien me pidiera dos figuras para definir nuestra relación con la red no dudaría demasiado: el círculo y el espejo. Círculo por cuanto soy arrojado a un no tiempo, a la pura espacialidad de lo que acontece en la pantalla. Alguien borra mi historia, las capas de mi interioridad, la experiencia de mi finitud, y me sumerjo en un simulacro de eternidad táctil donde siempre pasan cosas o, mejor dicho, donde siempre pasan las cosas que quiero que pasen, dentro de una dinámica circular y permanente de confirmación subjetiva. Espejo: lo que la red me devuelve es mi propia imagen, soy yo, pero más solo, aunque me invita a pensar lo contrario: que ando metido en un eterno retorno creativo, liberador, en un intercambio de ideas y fulgores. ¡Qué bien sentirse así durante un ratito, tan nietzscheano! La red se alimenta de mi desamparo, y una vez lo detecta me ofrece, con probada eficiencia, una salida que no es una salida sino una recompensa de perro bueno, un falso consuelo y una vuelta más sobre el círculo de mi persona. Y aunque busco y creo haber encontrado a otros, sigo en la red, solo, quemando mis horas. Me engaño al verme caminando por un puente que me conduce al otro lado, al encuentro de lo real o de otras personas. La cúpula con la que choca Truman (¿os acordáis?), pero en mi propio cuerpo, en la palma de mi mano: el coqueteo del capitalismo en su versión más íntima. De hecho, la red cuenta también con ese deseo connatural mío de trascender, que va alimentando y frustrando al mismo tiempo, y disolviendo una y otra vez en un único plano de inmanencia, sin dentro ni afuera, un plano mudo, anónimo, que juega con mis deseos y taras, y calculadamente los reorganiza y acelera. No sólo aspira a retener mi atención, me quiere solo y quiere que me arrastre un poco, en la medida exacta para no sentirme humillado del todo y en condiciones de recapacitar.

Pero mira por dónde, hoy recapacito y me canso de tanta monserga posmoderna, postestructuralista, postdeleuziana o post lo que sea que es, y aunque no puedo tirar el móvil por la ventana, lo apago y lo dejo en el último cajón de mi escritorio y salgo pitando de casa. Si me doy prisa llegaré a la última función. Hoy actúa mi hijo, pedazo actor, ¡y no me lo pienso perder!   

 
 
 

Comentarios


bottom of page