Crisis de la narratividad. No toda la culpa es de Netflix
- Dp
- 15 abr
- 4 min de lectura
Actualizado: 20 abr
Es una escena que se repite habitualmente: a los pocos minutos de empezar una película tengo que dejarla. Y cada vez que ocurre me pregunto cómo es posible que nadie repare en lo evidente: no hay historia. Es algo que te encuentras en todo tipo de cine, ya sea comercial, independiente o de autor, incluso en películas premiadas y celebradas por la crítica. Y no puede ser casual, te dices. Las películas tienen sus equipos de posproducción, formados por personas que se encargan en exclusiva de detectar fallos, que entienden de cine, de montaje y dominan el lenguaje visual a la perfección, con sus ritmos, planos, secuencias, etcétera. También existen las proyecciones de prueba, que miden la reacción del público antes del montaje final y el estreno. Por lo tanto, sólo se me ocurren dos opciones para explicar la ausencia de historias en el cine, digamos, de unos diez años para acá: o las historias no venden o las historias no se entienden, o ambas cosas a la vez. Es una conclusión demasiado cruda, diréis. Puede que sea así. He llegado a pensar que está motivada por una inclinación mía hacia la hipérbole y la sospecha, el fruto de mi filosofía de andar por casa. Pero esta vez mis sospechas se han visto confirmadas. En una entrevista reciente, Matt Damon y Ben Affleck, que estrenaron The Rip el pasado mes de enero en Netflix, describen sin tapujos cómo el negocio del cine en streaming se ha construido sobre una idea dolorosa, pero que no me sorprende. La plataforma da por hecho una clase de espectador que mira el móvil mientras ve la película y/o que no es capaz de sostener la atención más de cinco minutos seguidos. Es por ello que hace a los guionistas dos peticiones alternativas, en función del producto que se vaya a realizar: o bien que no expliquen nada y disuelvan la historia en una trama de constantes giros inverosímiles e imágenes impactantes, o que repitan varias veces la historia en los diálogos, ya que se asume que el espectador se ha perdido y no entiende lo que está pasando delante suyo.
El problema principal, como se puede intuir, no son los malos guiones o la degradación de una industria que se adapta la mediocridad de un público amplísimo. (Netflix tiene más de 325 millones de suscripciones, y cada suscripción tiene una media de casi tres personas que ven contenido, sin contar las suscripciones compartidas. Haced números...). Nos quedaremos muy tranquilos culpando a Netflix (yo el primero) de ser un aliado eficacísimo del mal. Pero una vez más os pido que bajemos, ¡oh, mis queridos y escasos lectores!, a la arena de las cuestiones más inmediatas, aquellas que difícilmente vemos porque forman parte de nuestra mirada. Crisis de sentido, orfandad ontológica, sociedad del cansancio, vacío interior, nihilismo… son expresiones que escuchamos a menudo desde distintos ámbitos discursivos. Unas veces asociadas a una emblemática quiebra de ciertos valores morales y trascendentes, a la muerte de Dios (aserto por lo demás imposible). En ocasiones también se presentan como el reverso de una profunda crisis política, y en concreto de las democracias liberales y de la concepción del hombre subyacente en ellas. Pero puede que no tengamos que viajar tan lejos…
Quien busca dar un sentido a su vida necesita aprender el valor de una historia. Si no asumimos esta premisa toda búsqueda será inútil. Cuando nos enfrentamos a las preguntas decisivas lo hacemos desde un relato, el nuestro. Es un relato largo o breve, puede que tenga mucho saltos y episodios variados, o que discurra en un tono menor de aparente rutina. Pero sea como sea nuestro relato necesitamos que tenga un sentido, es decir, que se dirija hacia algún lado y que en su interior hallemos un hilo conductor, la línea de tiempo que llegue a conectar nuestra identidad con la diversidad de cosas que nos van pasando, con las distintas capas de nuestra biografía. El relato, el sentido y la temporalidad son, por tanto, rasgos esenciales e íntimamente unidos de nuestra vida.
Pero aprendemos a leer nuestro relato en la medida en que hemos aprendido a leer el relato de otros. No hay otra manera. Cualquier atajo en ese aprendizaje tiene pésimas consecuencias, es un viaje directo al vacío. De ahí la importancia de las buenas historias, de las historias con sentido. “¿Quién soy yo?, ¿Qué hago aquí?” no son preguntas existenciales que puedan responderse de una vez, sino preguntas que nos piden una respuesta narrativa, un relato que se nutre de memoria e imaginación, con distintas voces y matices que se van sucediendo y esclareciendo en el tiempo, pero se trata de una respuesta que no lograremos encontrar en nosotros mismos sin antes descubrirla en los demás.
Al pensar nuestra existencia en términos de narratividad constitutiva (idea magistralmente desarrollada por Paul Ricoeur), nos protegemos de cualquier simplificación alienante, evitamos el juicio precipitado sobre los demás y sobre nosotros, acogemos, en definitiva, la realidad como nos viene dada, en el contexto propio y natural de los acontecimientos.
Y esto, como digo, tiene una importancia decisiva en el plano de nuestras creencias últimas. Lejos de relativizarlas o anularlas, la narratividad las consolida. Grandes o pequeñas, las historias nos permiten entendernos, proyectarnos y creer. No hay verdadera fe sin un relato que la acompañe.
En efecto, asistimos a un derrumbamiento del sentido transmitido a cámara lenta, pero las causas del mismo se solapan y confunden con su resultado. De ahí que a veces nos asalte la impresión de que ya es tarde y no podemos hacer nada, más allá de presenciar como espectadores pasivos un espectáculo tan majestuoso. No alcanzamos a ver que las verdaderas causas del derrumbamiento se encuentran en algo más trivial e inmediato, y que tiene que ver con un colapso de nuestra atención y la parálisis de nuestras destrezas narrativas. Si nos cuesta seguir una historia, ¿qué haremos con la nuestra?
La lección es clara, sabemos lo que implica, una clase de renuncia muy concreta y cotidiana, y un (re)aprendizaje urgente. Reconozcamos que no toda la culpa es de Netflix.


Comentarios