Perplejidades
- Dp
- 21 jun
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Actualizado: 26 jun
Aunque para mis clientes soy un abogado con una especialización en derecho inmobiliario, mi trabajo me recuerda en ocasiones al de Mr. Wolf, aquel personaje de Pulp Fiction interpretado por Hearvey Keitel cuyo principal cometido era resolver situaciones difíciles que no podían trascender, y resolverlas de una manera rápida, eficiente y discreta. Salvando las distancias algo así me sucede cuando tengo que visitar pisos de personas recién fallecidas que por algún motivo rompieron todos sus lazos familiares y pasaron sus últimos años aislados de su entorno, en una soledad radical. Me contratan los herederos, que suelen ser la familia en primer grado, aunque a veces aparecen primos, sobrinos o nietos. Una ruptura de este tipo, a veces agravada por el odio, se traduce, indefectiblemente, en un despago emocional sin fisuras hacia la vivienda en cuestión. También hacia todo lo que ésta contiene. Confieso que me resisto a lo que ven mis ojos y no dejo de abrigar, contra toda lógica terrestre, una tímida esperanza: la posibilidad de que la muerte de aquel padre, hermano, tío o abuelo despierte la nostalgia, algunos buenos recuerdos, o la posibilidad, incluso, de que esa nostalgia de paso a un período sanador de reflexión familiar, de perdón... Pero soy bastante iluso. Lo que sucede, en realidad, es lo contrario. La muerte no trae ningún recuerdo, sino un oscuro resorte de amnesia y prisa, mucha prisa: para que aceleres el proceso sucesorio, para que te encargues de vaciar el piso, limpiarlo, darle una mano de pintura si es preciso, tasarlo, venderlo, pagar los impuestos y hacer las correspondientes particiones. Yo gestiono todo eso de una manera “rápida, eficiente y discreta”, de una manera que permite a mis clientes “deshacerse del cadáver”, pasar página y seguir con sus tristes vidas como si nada hubiera pasado.
Claro que todo este proceso se desarrolla de una forma más sutil y protocolaria. Se guardan ciertas convenciones: un escaso duelo y algunas frases amables y socarronas para el difunto. Todo muy normal. Pero los rostros compungidos duran hasta que toca hablar de dinero. Cuando llega ese momento el tono de las conversaciones da un giro sustancial e intuyes que los herederos han estado pensando en esa herencia mucho antes del fallecimiento, cuando éste se veía venir. Lees el ansia en sus rostros. Y es un descubrimiento que luego vas corroborando, a cada paso. Te participan, ya sin ninguna afectación o máscara, que han estado haciendo sus averiguaciones a través del registro de la propiedad. No vaya a ser que el piso esté a nombre de otro y se vengan abajo los planes de futuro pergeñados meticulosamente durante los últimos meses. Una vez me entregaron, a los pocos días del fallecimiento, un detallado excel con los números netos del reparto, deducidos los impuestos y todo tipo de gastos asociados a la venta, es decir, que hicieron mi trabajo antes que yo y mucho mejor, porque si algo tiene la codicia es que se despliega con absoluta precisión y eficiencia.
Lo peor es que tú estás de su lado, es tu trabajo, y esperan de ti, no sólo la resolución técnica y material del asunto, sino que de algún modo blanquees esa pulsión suya que ni siquiera advierten, y que se desarrolla en silencio, mediante sobrentendidos.
Son victorias ordinarias del mal a las que no me acostumbro. Y, siendo sincero, me cuesta enormemente darle la vuelta a este tipo de situaciones y extraer una lección, aunque la tenga. Prefiero pasar página yo también.


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