top of page

Perder el control. Bailemos!

  • C
  • 12 ene
  • 2 Min. de lectura

Hace unos días, hablando con un amigo, se me presentó una idea que ha ido meciéndose en mi cabeza poco a poco hasta llegar a formar un verdadero recital. Este amigo me conoce bien, y casi me atrevería a decir que soltó el comentario con cierto atisbo de conciencia de lo que iba a desencadenar en mi interior. El caso es que el tío leyó algo que le llevó a asociar nuestra vida y relación con Dios con la imagen de un baile de pareja. Me quiso transmitir algo así como que, para encontrar nuestro camino en esta vida, hay que aprender a bailar en pareja. Lo primero que se me vino a la cabeza fue: ¿qué narices? ¿Un baile de pareja? Me costó establecer la relación. No hace falta ir muy lejos; Imagínense la clase de baile que quieran: tango, salsa, rock... incluso un vals sensiblón. La analogía me pareció forzada. Sin embargo, con el paso de los días aquel primer retazo imaginativo ha ido floreciendo hasta concretarse en dos ideas.

Dios, baile, música, pareja... Lo primero que pensé fue que, si Dios baila, tiene que ser una especie de Mick Jagger celestial, un bailarín capaz de hacer temblar al mismísimo Danny Zuko. Algo me dice que bailar con Dios debe hacerlo todo mucho más fácil. Estoy seguro de que conoce todos los tiempos y pasos, y de que está listo para cualquier imprevisto que pueda surgir. No sé dónde escuché aquello de que las cosas de Dios salen solas. Pues si lo trasladamos al baile, pasa algo parecido: el Master seguro que no falla ni un paso. Las pifias son cosa nuestra. Si perdemos el ritmo es porque nos falta confianza para seguirle, o porque pensamos que podemos acertar los pasos por nuestra cuenta. Pero esto no va así: o se baila con el rey de la pista o se acaba fuera de ella. Solo Dios puede hacer que nos luzcamos.

Segunda idea: el baile es una cosa de dos. Nos guste o no, nosotros también tenemos un peso. Si no sacamos las caderas a pasear, Dios se queda sin baile. La consecuencia es doble: por un lado, nosotros no aprendemos a bailar; por otro, el público se queda sin espectáculo. Dejar a Dios entre bastidores no solo priva a los demás de disfrutar de un recital único, sino que además nos condena a dar tumbos por la pista como patos mareados. Todo esto sin mencionar al propio Dios. El feo que le hacemos no es moco de pavo. No hay nadie con más ganas de quemar el escenario: Él desea con todas sus fuerzas vibrar con nosotros, quiere hacer gala de su luz aprovechando cada uno de nuestros pasos.  Negarle su propia esencia es tan absurdo como poner palos al amor; al final, todo el mundo sale perdiendo. Y bailar no es sino dar rienda suelta a ese amor.

 
 
 

Comentarios


bottom of page