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Papá, quiero ser profesor de primaria

Dp
10 oct
4 min de lectura

Éramos unos treinta padres de familia, de edades distintas, algunos ya con nietos. El grueso lo formábamos padres con hijos en la universidad o en bachillerato. Más o menos nos conocíamos todos. La charla trataba sobre la retirada del concierto económico a las escuelas que imparten educación diferenciada. El ponente, que era presidente del consejo de una de ellas, lo explicó de maravilla, en menos de diez minutos, y nos dejó muy tranquilos. Habían hecho bien los deberes: ajustes, algo de financiación alternativa, y una subida contenida y progresiva de las cuotas escolares. Era viable mantener el proyecto sin ayudas públicas. Un tropiezo en el camino, pero no una catástrofe. Como la charla tenía el formato de tertulia, una vez agotado el asunto principal, se abrió el turno para preguntas y comentarios. Se habló de muchas cosas. Compartíamos inquietudes y esperanzas. Al final de la charla, casi como un regalo de despedida, el ponente puso encima de la mesa otro problema, aún más acuciante que el del concierto, o el de las pantallas en las aulas, y que no es difícil entrever a poco que se interese uno por cuestiones educativas y tenga una mínima visión de futuro: les costaba sudor y lágrimas –fueron sus palabras– dar con relevos sólidos para los profesores recién jubilados o a las puertas de la jubilación (lo de la sangre digo yo que se lo ahorraría para no cargar las tintas y desanimarnos más de la cuenta). No era tanto una cuestión de número –concluyó–, sino de compromiso y vocación.  

Aunque no me sorprendía esa declaración final, me dije que algo no cuadraba, porque hablamos de escuelas excelentes, con proyectos que llevan funcionado decenas de años. Mis hijos estudian o han estudiado en ellas. ¿Dónde está el problema? ¿Quién no querría ser profesor en una escuela así, formar parte de un proyecto que apuesta de verdad, sin vender humo, por una formación basada en la persona, y en la que el profesorado es pieza clave y preeminente? 

Son preguntas que me llevaron a un segundo grupo de preguntas, relacionadas con el estatuto actual de la profesión: ¿a quién le interesa la docencia?, ¿tiene prestigio?, ¿está bien pagada? Y aunque reconocemos su importancia, ¿admiramos a los profesores, o más bien son objeto de una compasión mal disimulada?

Y de ahí solo me faltaba dar un paso, e interrogarme como sujeto particular, no desde un punto de vista personal, sino como un padre cualquiera que desea, como todos los padres que estábamos allí, que sus hijos reciban la mejor educación, conforme a sus principios y creencias. Algo perfectamente lógico y sensato, ¿no? Veamos: de los treinta padres que estábamos en la charla, tan sólo uno tenía un hijo con perspectivas de dedicarse a la enseñanza. El resto, lo de siempre: médicos o futuros médicos, ingenieros, abogados, informáticos, algún científico, y otros con nuevas profesiones híbridas que combinan lo anterior con distintas variables …. (Ya puestos, otro dato que merecería una reflexión aparte: ningún hijo orientado, ni siquiera lejanamente, al ámbito creativo, artístico o manual.) Yo veo una incongruencia latente en todo esto. Valoramos y pedimos buenos educadores para nuestros hijos. ¡Somos padres intachables! Ahora bien, cuando se trata de su futuro profesional, ese es otro cantar. Poco a poco les hemos cerrado la puerta a que consideren la carrera docente como un proyecto vocacional serio. Y es verdad: lo hemos hecho inconscientemente, de distintos modos indirectos que no siempre han estado bajo nuestro control o voluntad. En realidad, hemos llevado a cabo una curiosa forma de ruptura entre la escuela y la familia con efectos retroactivos, en lugar de fomentar, como padres, un retorno fructífero de una a otra. Porque la relación entre escuela y familia debería ser un viaje de ida y vuelta, una relación sostenida en el tiempo, con una continuidad casi orgánica, más allá de los años estrictamente escolares de nuestros hijos, de la sucesión de cursos y objetivos, y más allá también del reconocimiento y agradecimiento que sentimos hacia el profesorado por una labor tan fundamental. Es un problema complejo, no hay duda. Educar a un niño es un acto de entrega que enriquece, pero las cifras y un examen honesto nos conducen a otra conclusión: nuestros hijos adultos perciben la educación como una renuncia y una pérdida. Y eso en el mejor de los casos, cuando llegan siquiera a planteársela para su futuro laboral. ¿Por qué? Hay razones de todo tipo para explicar este hundimiento en la percepción de la docencia: materiales, culturales, históricas, ambientales, e incluso filosóficas. Pero hay otra razón mucho más inmediata que engloba, en cierto modo, todas las anteriores: lo que (no) transmitimos en casa. ¿Quién formará a nuestros nietos o bisnietos? No serán nuestros hijos. Es una consecuencia lógica, esta vez sí, del horizonte de sentido que les estamos dando a conocer. “¡Queremos buenas escuelas, pero que enseñen ellos (y no nuestros hijos)!”, diría parafraseando a Unamuno a propósito de su diatriba contra la técnica y sus creadores. No somos impermeables a lo que acontece en nuestro entorno, a lo que se piensa y se vive. Este reconocimiento sería el primer paso para un cambio real. ¿Cómo medimos el prestigio de una profesión?, ¿a qué lo asociamos?, ¿qué esperamos de nuestros hijos?, ¿qué les enseñamos con nuestras expectativas?

No tengo respuestas claras a estas preguntas, pero sí he llegado a una conclusión: nunca puede darse por descontada la existencia de buenos profesores. Hace poco volví a ver Ser y tener, el documental de Nicolas Philibert sobre una pequeña escuela rural francesa. Durante un curso entero la cámara acompaña a Georges López, un maestro próximo a la jubilación, que enseña en un aula única a niños de distintas edades. No hay idealización, ni discursos, ni héroes. Solo un discreto maestro de escuela en acción: explicando una suma, interviniendo en una riña, escuchando una confidencia, esperando a que un alumno encuentre la palabra que no acaba de salir, acompañando a otro hasta el autobús, o hablando con la madre de una alumna con serios problemas de comunicación. Siendo todo ello minúsculo, imperfecto y repetitivo, percibimos con toda nitidez la grandeza y la dignidad intrínseca de su labor. En una conversación espontanea con los más pequeños, de cuatro y cinco años, surge el tema de lo que quieren ser de mayores. Dos (de los cuatro que son) no lo dudan ni un segundo: “quiero ser profesor como usted”. No es difícil entender por qué. Eso sí que es prestigio.     

 

 

 

 

 
 
 

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