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On the road to...

  • C
  • 25 ene
  • 1 Min. de lectura

Actualizado: 26 ene

El otro día, al terminar un examen de filosofía, nos pusimos un amigo y yo a caminar un rato. Ambos pertenecemos a esa especie que los catalanes llamamos somiatruites y, asumiendo alegremente y sin ningún fundamento que el otro sabía adónde se dirigía, acabamos caminando casi tres horas sin llegar a ningún sitio. Sin apenas rozar el suelo, nos fuimos deslizando por varios barrios hacia el norte (creo que era el norte, vamos). Os prometo que no es una exageración: volamos tan lejos y acariciamos ideas tan abstractas que después se hizo duro volver a pisar la acera sucia y gris de Barcelona. Junta a dos filósofos y reza: nunca sabes si acabarán encontrando la verdad…o el borde de un precipicio.

En aquella galaxia visitamos muchísimos planetas. Hablamos de filosofía, arte y trascendencia. Oteamos horizontes, intercambiamos lecturas e incluso llamamos a la puerta del buen Dios con pensamientos cargados de nostalgia. Me lo imagino mirando desde arriba, con un deje de ternura y simpatía, como un padre que contempla a sus hijos soñar con hacerse mayores. Fueron muchas las ideas que circularon por nuestros tarros, pero prefiero quedarme con lo esencial: dos almas, dos chavales del siglo XXI, admirando juntos las posibilidades eternas del ser humano. Momentos así llenan vacíos que nada más puede colmar. Algo me dice que el infinito que se abre en nuestro interior está, en realidad, a la vuelta de la esquina,  en una conversación con un buen amigo… y, que por suerte o por desgracia, no tiene intención de moverse de ahí.

 
 
 

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