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Nos distraen 

  • Dh
  • 2 feb
  • 1 Min. de lectura

Tengo la sensación de que en mi universidad (UPF) vivimos constantemente atrapados en la superficie del debate lingüístico. Es algo casi obsesivo. Carteles en los pasillos, comunicados institucionales, correcciones públicas durante las clases: el catalán como bandera, el castellano como una sombra incómoda, siempre asociado a la sospecha de imposición o de represión histórica. El idioma aparece una y otra vez como si fuera el verdadero eje de la vida universitaria.

Y entiendo el contexto. Entiendo la necesidad de proteger una lengua minoritaria, de evitar que se diluya, de reivindicarla frente a una historia que no siempre ha sido amable con ella. No es esa defensa lo que me incomoda sino la intensidad casi maníaca del debate, como si aquella fuera la única lucha del universitario que merece combatirse.

Es preocupante que se instrumentalice al universitario de esta forma, pero más aún que el universitario se encuentre cómodo con ese tratamiento. Es lo que tiene la ideología, permite sentirse comprometido sin tener que mirarse demasiado por dentro.

Porque la lucha verdadera está en otro lugar. No es visible ni simbólica. Es interior, silenciosa, difícil de compartir. Tiene que ver con preguntarse quién eres, qué sentido tiene lo que estudias, qué tipo de vida estás construyendo y desde qué valores. Esa es la lucha definitiva, y también la más fácil de esquivar. Tal vez por eso preferimos refugiarnos en batallas identitarias: hacen ruido, generan pertenencia y ofrecen respuestas simples. Mientras tanto, lo esencial se ensombrece.

 
 
 

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