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Ni un simple "hola"

Dh
1 ago
2 min de lectura

Hace unos días me encontré con Pietro. Caminaba frente al Arco de Triunfo y allí estaba, a punto de montar en una bici junto a quien parecía ser su novia. Entonces me asaltaron dos impulsos opuestos. Una parte de mí quería acercarse, saludar, retomar el contacto y saber de su vida; al fin y al cabo, durante años fue un gran amigo. La otra —la que acabó imponiéndose— era un rechazo extraño, casi físico. Procuré que no me viera; incluso estuve a punto de cambiar de acera. Al poco, se subió a la bici y desapareció. Y fue entonces cuando llegó la impotencia: había sido incapaz de saludar a alguien que había sido tan importante para mí.

Pietro no era un conocido cualquiera. Jugamos durante años en el mismo equipo de baloncesto. Quedábamos algunos fines de semana para entrenar por nuestra cuenta, coincidíamos casi cada mañana en el metro camino del colegio y todavía recuerdo una tarde de verano en su casa, comiendo la mejor pasta que he probado nunca —la preparó su madre italiana— mientras veíamos la final del Mundial de básquet entre España y Argentina. Era una persona sencilla, atenta y amable, y llevaba con una fortaleza admirable el divorcio de sus padres. Un buen amigo, en definitiva.

Pero el tiempo hizo su trabajo. Dejé el equipo y, poco a poco, acabamos perdiendo el contacto. Años después, allí estaba otra vez, a apenas unos metros de mí.

Quizá el miedo no era tan extraño. Tal vez me daba miedo descubrir que ya no teníamos nada que decirnos. Que el Pietro que recordaba ya no existía. O que tampoco existía el Dani que fue su amigo.

Puede que vuelva a cruzármelo. Al menos sé que sigue viviendo a dos calles de mi casa.

Qué extraño que, después de haber compartido tantos caminos, los pocos metros que nos separaban aquella mañana me parecieran insalvables.

 
 
 

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