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Lo que sucede cuando nos empujan a pensar. A propósito del giro católico

  • Dp
  • 9 feb
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 12 feb

En menos de diez días he leído dos artículos titulados significativamente La generación de la esperanza y La España que despierta. Ambos publicados en un conocido medio digital católico.  Son, en realidad, una pequeña muestra de las decenas de artículos del mismo tenor que uno se está encontrando en los últimos meses a propósito del giro católico. Yo ando un poco desconcertado con los tiempos del debate. Quizá es mi natural lentitud. También podría ser la prudencia que uno, con el tiempo y los tropiezos, ha ido desarrollando en cuestiones de índole espiritual. En todo caso no acabo de entender tanta precipitación. Por un lado la realidad nos quema en las manos. No nos damos tiempo para evaluarla en su complejidad. A veces ni siquiera estamos capacitados para llegar a una conclusión sobre lo que pasa, pero no lo aceptamos, y seguimos empeñados en nuestra particular cacería, en verbalizarlo todo cuanto antes, no sea que se nos pase el tren y nos quedemos como tontos en medio del andén, mirando a un lado y a otro sin entender nada. Pero esto, y es allí adonde voy, tiene una serie de consecuencias. La primera y más notoria: nuestra argumentación, basada en nuestros deseos y en las prisas, se debilita enormemente, incurre en una serie de falacias que no advertimos, y terminamos, en este aspecto formal, no muy lejos de nuestros peores detractores. No sé si existe un giro católico (¡ojalá que sí!), pero reconozco las trampas del pensamiento.

Vamos a lo concreto. El primer artículo que menciono es un caso de manual de la falacia del francotirador. Disparamos una serie de datos y hechos heterogéneos y acto seguido dibujamos una diana encima de los que nos resultan favorables para nuestra tesis (es justo lo que hace también, pero con mayor estilo, el artículo de Diego S. Garrocho que inauguró el debate el pasado mes de octubre).  A lo anterior hay que sumarle la confusión que se desprende entre magnitudes relativas y absolutas: se aíslan los datos que señalan un repunte religioso entre jóvenes, no se ponen en su contexto global, y eso es lo que nos permite hablar de generación de la esperanza, como si de un movimiento generalizado se tratara, cuando los datos, nos guste o no, van en dirección contraria. Y aunque en el mismo artículo se hacen amagos de rectificación, lo cierto es que la argumentación entera descansa en una dudosa hibridación de géneros:  de lo estadístico se pasa a lo teológico, y viceversa, con lo cual siempre encontramos confirmación en los datos, por precarios que sean. Es más, si éstos contradicen nuestros principios siempre nos queda el recurso de hacer un uso a conveniencia de la autoridad y afirmar, con Chesterton, que “el cristianismo ha muerto muchas veces y otras tantas ha resucitado, pues cuenta con un Dios que sabe cómo salir del sepulcro”, que es exactamente lo que hace el artículo, en una suerte de auto refutación preventiva.         

El segundo artículo es más honesto, por cuanto se sitúa de principio a fin en un plano teológico. Dicho esto el artículo se desarrolla como una narración histórica y providencialista difícil de sostener para un caso que puede ser muchas cosas pero que, estaremos de acuerdo, no es simple. Habla de 4 generaciones con sus correspondientes ciclos morales: generación de posguerra, X, Y y Z. Aunque no lo tengo claro diría que yo me encuentro en la Y, es decir, en la generación del vacío interior y la desorientación.  La X es la de mis padres (tampoco sale muy bien parada), y la Z la de mis hijos. Más o menos. Pues bien, el relato establece una conexión insólita entre la generación de posguerra, es decir, la de mis abuelos, con la Z. Permitidme dos citas breves: “La sangre de los mártires de la Guerra Civil, derramada de manera masiva y brutal, no pertenece solo al pasado. La tradición cristiana siempre ha entendido que esa sangre es semilla”, y “la fidelidad de quienes entregaron su vida sigue fecundando el presente”, refiriéndose al despertar de la generación Z, a la que se describe nada menos como una generación caracterizada por su “sobriedad, disciplina y deseo de verdad”. Hombre, digo yo que algo habremos hecho bien los de la generación Y si nuestros hijos presentan tan altas virtudes.  En todo caso la narrativa (que no argumentación) chirría por todas partes e incurre en una vaguedad deliberada como principal apoyo de su épica. El artículo termina así: “Quizá estemos, una vez más, ante unos momentos decisivos. Y quizá la generación Z, regada por una herencia que no sabía que llevaba dentro, está llamada a ser protagonista de una nueva reconstrucción”. A mí también se me va la mano cuando escribo poesía, pero esto es demasiado, ¿no os parece?

Aquí os dejo los enlaces de los artículos. Insisto, tomadlos sólo como una muestra.

 
 
 

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