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La verdad no tiene nada que temer

  • C
  • 30 dic 2025
  • 1 Min. de lectura

La verdad no puede oponerse a la verdad. Cristianismo y filosofía son dos impulsos que apuntan al mismo objeto y fin. La fe, en su vocación católica, tendría que estar dispuesta a asumir y escrutar el poso de verdad que contiene cada intento de acercamiento intelectual al problema de la existencia humana. Todos los caminos recorridos por el hombre pueden ser integrados en la universalidad del amor. No hay tentativa honesta que no sea un reflejo del anhelo escondido en el corazón de cada persona. Anhelo que tiende a la plenitud. 

¿Cuál es la verdadera tarea del intelectual cristiano sino amar los sinceros ensayos aparentemente alejados de Dios para reunirlos en la verdad? Debería sentirse cómodo en la confrontación meditada, debería entender esa necesidad de confrontación. Su verdad es tan profunda que no puede dejar de pulirse y enriquecerse, y no puede hacerlo sóla. Leer, comprender, separar, amar lo incompleto… todo lo que reclama plenitud. La filosofía cristiana no saca su fuerza de ninguna teorización perfecta y descomunal, su eficacia proviene del respaldo que le ofrece la verdad. La verdad se basta y se defiende a sí misma. Debemos estar dispuestos a confrontarla con el ambiente, amar lo que hay de verdadero en cada intento de aproximación, no tanto para corregir sino para reconducir. Hay que creérselo un poco más: la verdad no tiene nada que temer...y nosotros tampoco.

 
 
 

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