La familia única, la única familia 1
- Dp
- hace 7 días
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Cuando leemos en el catecismo que la familia puede y debe decirse Iglesia doméstica no somos conscientes del alcance y las consecuencias de esta afirmación. Primaria y esencialmente, significa que la familia es lo contrario a una suma de individuos que, de un modo u otro, por vínculos de distinta clase (afectivos, biológicos…), comparten una serie de espacios vitales en los que desarrollarse. Si de verdad nos lo creemos debemos entender la familia como una unidad orgánica. Partiendo de esta premisa tendremos muy claro lo que NO es familia y lo que construye una familia. ¡Cuántos esfuerzos inútiles (bienintencionados, sin duda) pensando que hacemos un bien a nuestra familia cuando en realidad estamos contribuyendo a su deterioro y quizá a su destrucción! He conocido a muchos inocentes sembradores de minas….
Iglesia doméstica, unidad orgánica: aquí van algunas consecuencias en forma de cara y cruz.
Cara: cada familia es única, absolutamente. Una familia debería ser capaz de reconocer aquellos rasgos que la hacen única, su propia personalidad. Como es lógico esto no se consigue de un día para otro, sino que es algo que se va descubriendo de forma dinámica (orgánica). Nuestra familia tiene su historia (con sus heridas e ilusiones) y es ésta la que nos irá revelando, en forma de cotidianidad, nuestra identidad.
Cruz: forjar la identidad familiar comparativamente o tratando de encajar a nuestra familia en un esquema. Esto es no entender el dinamismo de la familia, además provoca una constante tensión y frustración en su interior. Asumimos como bueno un modelo (que podríamos considerar bueno en un plano ideal) sin ver que, al hacerlo, nos echamos tierra encima, y ocultamos el carácter irreductible y valiosísimo de nuestra familia. Cada cual tendrá en su mente ejemplos conocidos.
Cara: se reconoce la diferencia sin necesidad de apelar a un voluntarismo afectivo, sino porque la diferencia es constitutiva de la familia en su unicidad orgánica. Se aceptan las diferencias con naturalidad, de la misma manera que no sen nos ocurre problematizar (en principio) la existencia de los distintos miembros de nuestro cuerpo.
Cruz: se toleran mejor o peor las diferencias familiares en la medida en que afectan más o menos a mi desarrollo personal. Aquí está la semilla de la destrucción porque nos fiamos demasiado de nuestros sentimientos. Pensar que puedo contrarrestar mi egoísmo con buenos sentimientos hacia mis hijos o mis padres es un disparate. No somos tan buenos. La realidad es que acabaremos distanciándonos cada vez más de nuestras personas queridas.
Cara: la familia nos ha sido dada. No elegimos a nuestros padres ni seleccionamos a nuestros hijos. No es una imposición, todo lo contrario. Es, de hecho, una puerta abierta a la trascendencia, puede que el medio más poderoso y directo. En la medida en que entendemos que no elegimos a nuestra familia llegaremos a entender, en toda su profundidad, que no estamos hechos para nosotros mismos. San José: antes de saber la que se le venía encima, pensaría en formar otro tipo de familia, seguro, y mira por dónde aquella decisión suya, que fue un acto de obediencia, le llevó al niño Dios.
Cruz: no he elegido a mi familia, ergo no forma parte de mí. Mi elección me define, nada más. Si algo impide mi elección lo dejo a un lado. No hay que ser un filósofo experimentado para entender que, quien se ve de esta manera, construye en el aire y se destruye, llevándose por delante todo lo que encuentra, es decir, a su propia familia. Lo más grave es que uno acaba recorriendo un camino sobre sí mismo, a modo de rueda de hamster. Que quede claro: la base de mi libertad no está en mi persona, sino que me precede. No existe algo parecido a la libertad en sí, por el contrario ejerzo mi libertad en el seno de una familia, a la que puedo abrime o cerrarme.


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