La extrañeza del verano
- Dh
- hace 5 días
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Vengo a comentar una sensación que me ha estado asediando estos últimos días y a la que difícilmente podré dar forma, aunque lo intenten estas líneas. Para muchos, el verano se erige como la mejor época del año: un tiempo donde conviven el descanso y la posibilidad de hacer aquello que el ritmo ordinario impide. Para mí, en cambio, este verano —y sospecho que también los próximos— tiene la forma de un impás: una suspensión hecha de nostalgia y expectativa.
Nostalgia de veranos ya sedimentados en la memoria. Los casales, las amistades fugaces, los juegos ingenuos y ligeramente clandestinos (como el juego de la botella) . Todo transcurría en la casa modernista de mis abuelos en Argentona, donde los mosquitos campaban a sus anchas y las rarezas artísticas de mi abuelo parecían observarme desde cada rincón. En agosto, nos trasladábamos los cinco a un pueblo soriano, en un Toyota viejo cargado hasta el límite. Allí, el tiempo se disolvía entre el trigo, el silencio (con su cielo estrellado o de un azul amplísimo) y las tardes en los cines Camaretas.
Pero en los últimos años todo ha cambiado, no para bien ni para mal, sino siguiendo su curso inevitable. Ya no hay casales, ni julio en Argentona. La casa de Segoviela se vendió hace un par de años. Y así, casi sin darme cuenta, la Barcelona que antes era un fantasma estival se ha vuelto una presencia constante. Trabajo, aunque sin excesiva carga, y la posibilidad de huir de la ciudad se reduce ahora a una decena de días.
No hay queja en ello; es, simplemente, el signo de mi tiempo. Aunque la Barcelona de verano no sea aquella ciudad desértica que me describen mis padres, conserva un cierto encanto, siempre que uno esté dispuesto a ejercer una mínima abstracción, a mirarla como si aún no le perteneciera del todo.
Y, sin embargo, junto a la nostalgia, aparece la expectativa. Intento imaginar cómo serán los veranos de mi adultez: qué formas adoptará el descanso, si habrá familia, si existirán rituales nuevos que sustituyan a los antiguos. Incluso me sorprendo fantaseando con la idea de una segunda residencia —una repetición, quizá, de aquello que ya fue—, aunque el contexto actual convierta esa imagen en algo casi irrealizable.
Quizá la extrañeza provenga precisamente de ahí: de habitar un tiempo que ya no es el de la infancia, pero que tampoco ha adquirido todavía la consistencia del futuro. Un verano que no es ni recuerdo ni proyecto, sino el espacio intermedio donde ambos se rozan sin llegar a coincidir. Y tal vez el extraño sea yo mismo, incapaz de reconocer que mi verano es este: el sol anaranjado entrando de lleno en la galería en esta tarde de julio, la figura de Gandalf observándome desde la estantería cargada hasta los topes de libros, y estas divagaciones tranquilas que, bien miradas, no tienen nada que envidiar a playas paradisíacas ni a destinos exóticos.


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