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Jugar sucio

  • Dh
  • 25 ene
  • 2 Min. de lectura

La isla de Belladona, una producción independiente francesa que vi hace poco en el cine, recurre a un tipo de estrategia moral que se aleja bastante de lo que debería ser el cine. La película narra la historia de una joven y un pequeño grupo de ancianos que viven aislados en una isla, en un futuro distópico donde las personas mayores son apartadas de la sociedad al cumplir cierta edad.                                                                                                       

Durante la mayor parte de sus noventa minutos, el filme se sostiene como una historia sencilla, con algunos problemas de ritmo y una protagonista cuya actuación resulta algo difusa. Pero no es ahí donde quiero detenerme. El verdadero conflicto aparece en los últimos diez o quince minutos, cuando la película abandona el plano narrativo y se transforma, de golpe, en un mensaje ideológico muy concreto sobre la eutanasia.

El problema no es el tema en sí, sino la forma. Después de haber construido personajes, de haberte hecho invertir empatía y reconocer su humanidad, el filme da un giro brusco y pretende que aceptes, desde la emoción y no desde la reflexión, que su desaparición es lo correcto. Sin más preámbulo ni diálogo con el espectador. Y esto es especialmente grave porque el cine tiene una potencia irreductible. Una imagen, una mirada o un gesto pueden adelantarse a la razón y desactivar cualquier resistencia crítica. Cuando un director utiliza ese poder para imponer una idea ética sin plantearla con honestidad desde la misma historia, no está invitando a pensar: está utilizando al espectador.

 
 
 

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