Jon Fosse: una lección de lectura
- Dp
- 2 feb
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 3 feb
Mi primer contacto con la escritura de Jon Fosse se produjo poco antes de la obtención del premio Nobel. Fosse tenía un halo de malditismo muy interesante para mí. Converso, ex alcohólico, Heidegger y Maestro Eckhart como influencias declaradas, alejado de los círculos literarios, un novelista con alma de poeta. Todo aquello funcionaba perfectamente en mi cabeza. No lo dudé ni un minuto y empecé a leer Septología, con unas expectativas altísimas. Y me topé con un muro. No suelo dejar una lectura a la primera de cambio. En parte porque dedico tiempo a seleccionar un libro, y, de entrada, Septología era una buenísima elección. Me quedé en la página veintisiete. Aquella primera lectura me provocó una especie de resistencia física difícil de describir, llegué incluso a hiperventilar mientras leía. ¿Pedante? No. ¿Hermético? No. ¿Ofensivo? No. ¿Espiritualista? Tampoco. Me sentí incapaz de encontrar una sola razón de peso que explicara mi abandono, o, casi mejor, mi huida. Dejé el libro en la estantería, y me olvidé. Pasó más de un año antes de volver a Fosse. Durante aquel tiempo mi vida dio un vuelco bastante dramático. Por diversas razones, que ahora no vienen al caso, atravesé momentos difíciles. Aún me pregunto qué clase de azar hizo que encontrara Septología en la pequeña biblioteca de una casa donde suelo hacer un retiro espiritual una vez al año. Me extrañó muchísimo encontrarlo allí, en medio de biografías de santos y otros libros de literatura espiritual. Parecía estar allí para mí. No quise indagar. Pude haber preguntado al director del retiro quién hacía la selección de libros de la biblioteca, pero no lo hice. Lo cogí y me pasé todo el retiro leyendo. Conecté de inmediato con aquella escritura que parecía no decir nada. No tuve que recurrir a ningún conocimiento literario previo. Hasta tal punto me enganchó que recuerdo haber acompasado mi respiración a la cadencia de cada frase que iba leyendo (luego descubrí que no era casual sino un efecto deliberado de la escritura). ¿A qué se debía aquel cambio? Yo, en cierto modo, no era el mismo, y ese hecho sin duda tuvo que ver con aquella nueva manera de leer a Fosse. Bien mirado yo no estaba leyendo Septología, era Septología la que me estaba leyendo a mí.
No nos debería sorprender: somos lectores mediocres. Por supuesto inconstantes y poco atentos. Nuestra calidad lectora es proporcional a nuestra capacidad de escuchar y permanecer en silencio, y me temo que ésta se encuentra bajo mínimos. Por lo general, hacemos lecturas proyectivas en las que, ya sea para identificarnos o distanciarnos, buscamos nuestra reafirmación a toda costa, exigimos que se nos compense por nuestro tiempo y dedicación. Pero esta clase de lectura no funciona con una obra como Septología, que nos pide silenciosamente un acto de generosidad, hospitalidad y paciencia. Y no porque sea una obra difícil en sí misma y requiera de nosotros una formación exquisita para llegar a entenderla. Más bien lo contrario: lo que nos pide es que nos despojemos de todos nuestros saberes. Quería evitar la palabra misticismo, pero no encuentro otra manera de describir una prosa que, detrás de una aparente intrascendencia (y gracias a ella), va derecha al centro y a la raíz de uno mismo.



Comentarios