“Ha venido para quedarse” o la falacia del determinismo tecnológico
- Dp
- 3 jul
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Actualizado: 4 jul
Sería un error atribuir al azar el éxito o la fortuna de algunas expresiones coloquiales en nuestras conversaciones, debates o discusiones. Nada es menos azaroso que el lenguaje y sus usos. Una expresión se abre paso en nuestro día a día no por su belleza o ingeniosidad, sino por su capacidad de adaptación a las necesidades comunicativas del momento, a un determinado juego lingüístico del que participamos. De una forma más general, podemos decir que algunas expresiones se instalan en el habla exitosamente porque dibujan mejor que otras el perfil de un estilo de vida o de una visión del mundo. Tanto es así que no somos capaces de determinar (y tampoco parece interesarnos) el momento en que inician su andadura o circulación en el lenguaje coloquial. Las asumimos como propias sin más, sin cuestionarlas, ya que se acoplan perfectamente a nuestros deseos e inquietudes, como un guante a la mano.
O eso creemos, porque no hace falta ser lingüista o devanarse los sesos para advertir que hacemos un uso mimético de esas expresiones, es decir, las copiamos de otros que también las usan, puede que con mayor soltura y oportunidad, aunque aquellos a quienes copiamos han seguido el mismo guion de imitadores, sólo que lo han hecho antes que nosotros. No hay contradicción en ello. Son expresiones que uno repite como quien va dando cuenta de una verdad indiscutible, pero que uno ha tomado prestadas de otros sujetos lingüísticos, sin el menor reparo.
“Ha venido para quedarse” es una de esas expresiones. La he escuchado en diferentes contextos y debates (político, sociológico…) y con una variedad de significaciones (alguna verdaderamente asombrosa: recuerdo esta expresión en boca de Pedro Sánchez, hará un par o tres de años, refiriéndose a su gobierno. La cosa tiene su interés retrospectivo, porque ahora, con algunos miembros de su gobierno entre rejas o imputados, aquellas palabras han dejado de parecerme una defensa oportunista del gobierno Frankenstein y resuenan en mi cabeza como una profecía muy seria y desasosegante). Sin embargo, es en el ámbito de la tecnología donde la expresión se ha llevado la palma, y se ha convertido en uno de los mantras más repetidos por los deterministas tecnológicos, que son legión (muchos ignoran que lo son) en sus distintas variantes tecnólogas o tecnófobas.
Permitidme un pequeño episodio personal. Fue en 2016 o 2017. Mis hijos empezaban diferentes cursos de primaria y secundaria. Aquel año entró el Ipad en las aulas, y entró por la puerta grande, es decir, como principal herramienta de aprendizaje (así nos lo vendieron). Fue una decisión unilateral y rápida del centro, llevada a cabo con nocturnidad y alevosía, o poco o más o menos. En la reunión de inicio de curso se trató el asunto. Algunos padres protestamos por el fondo y la forma de la decisión. El director del colegio, después de escucharnos, zanjó el debate por la vía administrativa. Con una gran sonrisa, poco tacto y un matiz de cinismo nos dijo: “Nos puede gustar más o menos, pero el Ipad ha venido para quedarse”. Ante tamaña declaración de principios y por venir de quien venía, poco podíamos hacer (bueno sí, buscar otro centro para nuestros hijos, que es lo que hicimos). Tengo un triste recuerdo, un micro trauma me atrevo a decir, de lo que pasó en las aulas de mis hijos aquel curso (merecería otro artículo). Pero el caso es que, desde entonces, no he dejado de registrar en mis cuadernos la dichosa expresión. Con el paso de los años he conseguido hacerme con un mapa aproximado de su uso aplicado a la percepción que tenemos de la tecnología. Y resulta curioso, porque mi registro de pequeño filósofo /lingüista arroja como balance final un extraño equilibrio entre los defensores entusiastas de la tecnología y sus detractores más catastrofistas. Y una extraña comunidad también, porque el determinismo tecnológico, y es ahí adonde voy, presenta dos rostros enfrentados que acaban por besarse, y nuestra simpática expresión, ha venido para quedarse, desempeña un papel aglutinador y conclusivo dentro de un argumento cuyas premisas son menos simpáticas.
¿Qué hay detrás del determinismo tecnológico?
Desde un punto de vista material se trata de una tesis que descansa en una profecía de autocumplimiento: “lo que puede realizarse tecnológicamente, finalmente, queramos o no, se hará”. La posibilidad convertida en necesidad, por arte de magia o, mejor dicho, sostenida con una narrativa fantástica: tecnología con vida propia, casi como una segunda naturaleza, pero peor que la primera, con una dinámica de crecimiento imparable, no susceptible, en última instancia, de control humano. Quién sabe si autosuficiente. ¿Skyanet a la vuelta de la esquina…?
Sin embargo, donde el determinismo tecnológico da muestras de una mayor finura argumental es en la forma, por cuanto sitúa siempre la discusión en un plano abstracto y de futuro. Y es aquí donde nosotros, usuarios con nombre y apellidos, nos enredamos. También es aquí donde quieren que permanezcamos, en un debate que ignora, deliberadamente, nuestras circunstancias concretas y presentes de usuarios comunes que deciden. En la esfera de la abstracción futurible todo el pescado está vendido, de una manera que recuerda, por momentos, a la dialéctica hegeliana. Las decisiones personales no cambian nada. ¿Cómo iban a hacerlo?, ¿quién es loco que se atreve a poner puertas al campo (otra de las expresiones predilectas de los deterministas)? Son objeciones aplastantes si aceptamos las condiciones de un debate impersonal (tan antiguo, por cierto, como el que surgió con el nacimiento de la ciencia moderna). Sin embargo, van cayendo una a una, como gigantes con pies de barro, si desplazamos la mirada hacia el centro de nuestras vidas, hacia ese lugar en el que las pequeñas decisiones que tomamos lo son todo.
Es urgente reconducir el problema tecnológico hacia el ámbito de una filosofía existencial. O, por seguir con la analogía filosófica, pensamos la tecnología dentro de un esquema hegeliano de la historia, pero lo que necesitamos son filósofos dispuestos a indagar en el sentido de la tecnología desde nuestra existencia cotidiana y concretísima. ¡Kierkegaard y no Hegel! De ahí el error mayúsculo de perspectiva cuando hablamos de humanizar la tecnología, cuando lo que en realidad deberíamos hacer es humanizarnos nosotros, con o sin tecnología (aunque, siendo honesto, creo que algo de abstinencia nos haría mucho bien).
¿Cuál es, pues, el debate? Ni siquiera las élites tecnológicas cuestionan eso que tantas veces repetimos como ciudadanos ejemplares: sí, es cierto, la utilización indiscriminada de la tecnología pone en peligro el futuro de la democracia, o de la humanidad misma, etcétera. Bueno, puede que les importe un bledo de puertas adentro, pero el caso es que ese es un debate, no diré tramposo, pero sí resbaladizo, ambiguo, como son resbaladizas las expectativas que nos hacemos cuando exigimos, por ejemplo, más controles o regulaciones efectivas en redes, internet, IA, etcétera, a los gobiernos y organismos de turno. A mí, con perdón, me suena un poco a excusa. ¿A qué esperamos? Se cuenta de Wittgenstein que, cuando alguien se le quejaba de lo mal que andaba el mundo, respondía, invariablemente: “Mejórate a ti mismo, es lo único que puedes hacer”. Si todo esto ha venido para quedarse, no debería ser un problema levantar la mano y pedir permiso para ausentarse. Puede que sea una prudente toma de conciencia, un primer paso, esta vez sí, necesario.


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