El equilibrio de la cruz (mi anécdota cuaresmal de portante novato)
- Dp
- 9 mar
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Actualizado: 10 mar
Este año me he incorporado al cuerpo de portantes del Santo Cristo de mi parroquia. El Viernes Santo llevaremos la cruz en el Via Crucis por algunas calles del ensanche barcelonés. En las semanas previas ensayamos por el pasillo central de la Iglesia. Diría que soy el portante de mayor edad (no os voy a engañar, soy el grandpa del grupo). La cruz en cuestión mide unos tres metros, con su Cristo enorme. Nadie sabe lo que pesa, y nadie, en todos estos años, parece estar interesado en saberlo con exactitud. El rango de posibles pesos va de 30 a 60 kilos, aunque yo me inclino más por los 70, percepción sin duda condicionada y exagerada por mi inexperiencia en la carga.
Veréis, el primer día que recibí la cruz apenas pude avanzar. Lo primero que notas es la fuerza de la gravedad en la planta de tus pies y una presión en la espalda. El portante que te precede coloca la cruz en el vaso de tu arnés, con la ayuda de otros dos portantes. El resto está pendiente de que el traspaso de la cruz llegue a buen puerto. Tú agarras unos brazos laterales que se encuentran al pie de la cruz. Tu frente toca el madero, en contacto también con el sudor que ha dejado tu compañero. Ya es tuya, de nadie más. Y viene un momento crítico: no sabes encontrar el punto equilibrio, la cruz se te va de un lado a otro, o se adelanta o se te viene encima. Tienes que hacer una fuerza considerable para evitar el accidente. Cuando parece que has encontrado el equilibrio, respiras, cierras los ojos. Estás bien ahora, con la cruz en equilibrio, notas las pulsaciones en tu frente bajando de intensidad. El contacto con la cruz, con su materialidad, te serena. El Cristo encima tuyo. Ahí te quedarías el resto del día, clavado al suelo por Él. Pero tienes que avanzar y avanzas.
De nuevo la cruz se tambalea, pero esta vez mientras te mueves. Y aquí se repite la historia, sólo que ahora acumulas cierto cansancio físico y mental. Te lo han repetido mil veces tus compañeros expertos: no es cuestión de fuerza, sino de equilibrio. Y un cuerno, piensas. Los brazos se te agarrotan y cruzan imágenes absurdas por tu cabeza: te ves dando vueltas sobre ti mismo, sin cruz pero terriblemente pesado….
Consigues apartar esos pensamientos, te recompones, ahora avanzas, un pequeño paso tras otro, en un equilibro no completamente vertical: el Cristo es la parte más pesada y te obliga a traer la cruz hacia ti, a ejecutar un contrapeso difícil. Te das cuenta de algo: el forcejeo con la cruz puede acabar mal. Crees haber encontrado la fórmula, tensión sin fuerza. Sigues avanzando, esta vez de una manera más natural. Ya está, lo he pillado. Aceleras un poco el paso, piensas que vas bien, pero tienes que parar de nuevo porque caminas torcido. Volver a empezar, qué más da si eres fuerte o flojo, hábil o medio tonto, maldita sea, deja de llevar la cruz para dejarte llevar por ella. Un exceso de confianza casi te ha metido en los márgenes (allí donde se encuentran, te dices, toda clase de obstáculos que te hacen caer). Te enderezas y vuelves a caminar, ves muy cerca el final del pasillo, tienes que entregar la cruz a tu compañero. Pero antes de eso, exhausto, llevarás a cabo la maniobra más compleja (y la más evocadora). Debes entregar la cruz en la misma posición en que la has recibido. Eso implica girar en torno a la cruz y situarte delante de los pies de Jesús, besarlos. Durante el giro la cruz debe permanecer quieta y en ningún momento puedes perder su contacto. Abrazas la cruz, en sentido literal, y vas girando lentamente hasta que inviertes los puntos de agarre. También inviertes la dirección del contrapeso. Ya está. Ahora tienes el rostro de tu compañero a escasos centímetros del tuyo. Sólo os separa el madero. 1,2, dejas que tu compañero agarre la cruz por donde tú la agarrabas y la levantas con un golpe seco para transportarla a su arnés, en unas décimas de segundo. Es suya. Te apartas a un lado con sentimientos confusos, de alivio, de alegría, de pena. Se te mezclan en la cara las lágrimas y el sudor. Descansas unos instantes y ves cómo esa cruz de la que has formado parte se aleja proyectando su sombra en el mármol…
Después de cada ensayo me vuelvo a casa caminando ligero y feliz, ¡y me prometo no fallar a ninguno!



Escribiendo nada novato. Qué cosa más viva!!!
Me ha parecido muy acertado y bello la descripción de esta experiencia mezclada con la sensibilidad humana y que de alguna manera también comparto. Felicidades.
Muy bonita experiencia, gracias por compartir tu experiencia como portante.