Defensa del Señor Chesterton
- Dp
- 23 feb
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Actualizado: 25 feb
En su ensayo Religión y literatura (abajo os lo dejo escaneado) T.S. Eliot deja caer, así de pasada, un comentario bomba sobre la obra de Chesterton. Y lo hace, cómo no, con esa finura tan letal que lo caracteriza. Eliot golpea fuerte en pleno mentón pero quien recibe despierta en el suelo, no siendo consciente de haber sido golpeado y noqueado. Según nos dice se lo pasa en grande leyendo a Chesterton pero sus “escritos no pueden considerarse con seriedad cuando se trata de la relación entre religión y literatura, porque operan conscientemente en un mundo en el que asume que la religión y la literatura no están relacionadas. La relación que plantean es consciente y limitada. Lo que deseo es una literatura que sea inconscientemente, más que deliberada o desafiantemente cristiana. La clave de la obra del señor Chesterton es justo que tiene lugar en un mundo que sin duda no es cristiano”. ¡De acuerdo! Confieso que yo también me inclino por una literatura inconscientemente cristiana, pero ese deseo no resta ni una pizca de valor a una literatura que se declara cristiana. De hecho, en el caso extrañísimo de Chesterton ese ir de frente en la exposición de sus creencias constituye lo que en filosofía llamamos una condición de posibilidad. Me explico. Por un lado, Chesterton no hubiese sido Chesterton recorriendo los caminos de la literatura simbólica o una literatura indirecta, inconscientemente cristiana. Es una vía que habría hecho de él un escritor que nadie recordaría, una especie de Kafka de segunda. Pero no sólo es esto. Hay escritores que ponen sus evidentes talentos creativos e intelectuales al servicio de una causa. Puede que C.S. Lewis fuera uno de ellos. No es una cuestión religiosa. Jean Paul Sartre entraría en esta categoría, sin dudarlo. En la obra de Chesterton más bien se produce una inversión de esa estrategia. Su credo, que se asume de entrada, sin ambages y con plena humildad, actúa a modo de detonante literario: no tanto como una provocación, o como consecuencia de un celo apasionado, sino, sobre todo, como una liberación creativa. Estamos ante una escritura que no tiene la necesidad de justificar todo el tiempo sus principios porque aquello en lo que cree Chesterton es al mismo tiempo aquello que impulsa y conforma su literatura en cuanto tal. Hay completa fusión. Pero es un camino de ida y vuelta. Chesterton no encuentra otra manera de decirnos en lo que cree si no es a través de una radical experimentación formal o estilística. No hay metafísica sin relato, imagen, paradoja, personaje, máscara o épica. Quizá si tenemos en la cabeza a Nietzsche lo entenderemos mejor (más allá de que ambos gigantes piensan “a martillazos”).
En todo caso, hay en las palabras de Eliot un doble prejuicio: sobre la literatura en general y sobre Chesterton en particular, ambos conectados. Sorprende que una inteligencia lectora como la de Eliot tuviera tan poco olfato con Chesterton (sí lo tuvo, por cierto, Jorge Luis Borges). Quien reivindicaba una crítica sustantiva de las obras literarias acabó por conformarse, ¡lo siento!, con una lectura estiradillla de la obra de Chesterton.



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