De hombres grises y FOMO
- Dh
- 18 jun
- 3 min de lectura
¡He aprendido tanto leyendo Momo que no sabría por donde empezar! Bueno sí, empiezo con un pequeño cabreo, que también es una enseñanza sobre los tiempos que corren, y que sucedió en la librería, cuando me rompí la cabeza buscando Momo en las estanterías de literatura y lo encontré finalmente en la sección de libros infantiles, junto a cuentos del tipo Mamá osa hace galletas con sus oseznos. Ahora sigo con los hombres de gris, esos seres “ficticios” que acechan a Momo y que intentan convencer a la gente de que lo más importante en la vida es ahorrar tiempo para poder disfrutar, más adelante, de un futuro de ensueño y realización personal. ¿Cómo? Prescindiendo de lo aparentemente superfluo, de lo que no se puede cuantificar, materializar, y enfocando, al mismo tiempo, todas las energías en rentabilizar hasta el último minuto de tiempo.
La propuesta de los hombres grises parece razonable, pero encierra una lógica profundamente distópica y me resulta inevitable pensar en algunas dinámicas que atraviesan nuestra vida cotidiana. No hace mucho una amiga me confesó que no podía parar porque tenía miedo al silencio y a lo que éste comporta: hacerse consciente, examinar la propia realidad, detenerse a contemplar en qué dirección está yendo su vida. Esta existencia sujeta al frenesí de la acción puede extrapolarse fácilmente: la vemos por todas partes y, por desgracia, también en nosotros mismos. Y lo peor es que ni siquiera acabamos disfrutando de la acción, porque la acumulación de sucesos termina por anular su sentido.
¿Qué tiene de agradable cargar nuestro día a día hasta el límite? Encuentros atropellados con amigos, universidad y un trabajo parcial, mal combinados, agendas constantemente llenas; y, cuando creemos que por fin desconectamos, cogemos el móvil como un chupete y empezamos a hacer scroll! Todo esto que menciono nos pasa a la mayoría de jóvenes, y resulta preocupante porque, cuanto más queremos exprimir el tiempo, menos lo disfrutamos. Suma a lo anterior un fenómeno hoy muy extendido en redes y en el vocabulario de la Generación Z: el FOMO (fear of missing out), esa ansiedad difusa por la posibilidad de estar perdiéndose algo, que convierte cualquier pausa en inquietud y cualquier silencio en una forma de pérdida anticipada.
En realidad, el FOMO no es algo nuevo, sino otra manera de reinterpretar la lógica de los hombres grises: ya no solo se trata de ahorrar tiempo, sino de no quedarse fuera de nada, de no perder ninguna experiencia posible, aunque esa acumulación de posibilidades acabe por vaciar la experiencia misma. Cada minuto no vivido con la intensidad “precisa” se percibe como una ocasión perdida, y así el presente se convierte en una especie de deuda permanente con lo que podría estar ocurriendo en otro lugar. En pocas palabras, un carpe diem invertido: que lejos de aprovechar y habitar el presente, busca la acumulación de experiencias como garantía de felicidad que, precisamente por eso, nunca llega a completarse.
De hecho, ahí reside una de las intuiciones más brillantes de Momo: el tiempo que obsesivamente intentamos ahorrar acaba desapareciendo. Cada minuto liberado se llena con una nueva tarea, una nueva preocupación o una nueva exigencia. La promesa de disponer de más vida termina convirtiéndose en una experiencia de aceleración permanente.
¿Qué puedo hacer? Convertirme en un ermitaño a lo Pablo D´ors no es una opción realista. Seamos algo más modestos e incorporemos pequeñas prácticas que nos devuelvan al presente y nos desaceleren. Por ejemplo: prescindir de la música en los trayectos y conectar con el ambiente; fijarse en los rostros de los desconocidos (no los del metro), abstenerse de hablar en algunas reuniones familiares o con amigos para prestar una atención especial, escuchar de verdad y no porque toca; leer ininterrumpidamente durante treinta minutos; o dejar el móvil en la mochila cuando vamos a entrenar. Todo muy simple, cierto, pero cuánto cuesta!


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