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Cuestión de afecto

  • Dh
  • 9 feb
  • 1 Min. de lectura

Buscas a tu alrededor. Una mirada que te haga saber de tu presencia. Un cruce de palabras. Aunque te conformas con un pequeño gesto, una mínima inclinación de cabeza. Algo que te reafirme, que te haga saber que no pasas desapercibido a los ojos del mundo. Y pones todo tu empeño, ya es tu tarea diaria: la búsqueda de un afecto. Afecto que antes no te preocupaba, porque lo tenías sin buscarlo. Pero eso es lo que dejan las despedidas: un vacío que debe llenarse a toda prisa, sin pensarlo. La ansiedad y la desesperación se apoderan de ti; buscas, como un lobo a su presa, ese cariño que te ha sido arrebatado, pero no eres consciente de que tú eres la presa. Presa de ti mismo: de tus inseguridades, de tu miedo a la soledad.


Y entonces chocas contra un muro y entiendes que el afecto viene a ti y que se construye sin forzarlo, que no es cuestión de voluntad. Entiendes que ese vacío no lo va a llenar un alma humana, que va a estar ahí perpetuamente. Y que el vacío es grato.


Porque lo peligroso no es la soledad: es creer que alguien puede completarte. Hacer de otro ser humano el remedio de lo que te falta es la forma más silenciosa de apego, la más insana. Nadie va a encajar en ese hueco como una pieza de puzle, porque no es un hueco: es el espacio que ocupas tú. 

 
 
 

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