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Camino o caminito

  • Dp
  • 25 mar
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 26 mar

 

Yo soy uno de esos cientos (o miles o cientos de miles, qué sé yo) para quienes la lectura de Camino, de San Josemaría Escrivá, entró en sus vidas como un vendaval. En mi caso el vendaval dio paso a una lluvia fina y después a un sol de mayo…

 

Barcelona, año 2001. Cursando filosofía, nietzscheano hasta la médula (y eso, en aquella facultad, significaba también inclinarte ante sus continuadores post estructuralistas, Deleuze y Foucault). Yo era salvajemente solitario, había convertido la soledad en mi bandera, en una religión de los márgenes, como suele decirse en círculos nietzscheanos (para otro post: debemos a los biógrafos de Nietzsche la invención del género hagiográfico secular). Guardaba como un tesoro las palabras de María Zambrano, quien dibujó una semblanza de Nietzsche tan bonita como falsa: “Lejos de pretender encubrir su soledad, hizo de ella una virtud, una fuerza de donde nacía su fuerza creadora. La condición inexcusable de toda grandeza humana”.

Pero yo no era Nietzsche, y la soledad, que al principio estuvo muy ligada a un auténtico despertar filosófico, fue minando poco a poco mi existencia. Jornadas abrumadoramente largas entre libros, hastío, soliloquios, noches blancas de insomnio, callada desesperación, así un día y otro. Es fácil resumirlo: soledad + orgullo + tiempo = aislamiento. Una suma que resta, y que no tardó en pasarme factura.  

Así era yo cuando cayó un ejemplar de Camino en mis manos, un muchacho muy leidito que llevaba escritas en la frente las palabras "estoy solo", y entre paréntesis "tengo miedo". Lo cierto es que un compañero de clase me habló de Camino y me ofreció compartir un ejemplar. Lo rechacé de forma inmediata, como quien trata de salvaguardar su espacio de pensamiento. Pero algo quedó.

Ahora maticemos: Camino no cayó en mis manos. Lo robé. Sí, lo robé. Dicho esto, confieso que no viví aquel latrocinio como un pecado, sino como un acto de justicia divina incontestable. Fue una calurosa tarde de julio. Las clases habían terminado y me encontraba deambulando por la calle, haciendo tiempo antes de meterme en el cine. Pasé por delante de una Iglesia del barrio del Raval y decidí entrar un rato para refrescarme. En la capilla del Santísimo, en la parte posterior, había un hueco en la pared tapado con una cortina de terciopelo. Corrí la cortina y me encontré con unas estanterías torcidas que aguantaban de mala manera unos pocos libros polvorientos. Allí estaba Camino, allí empezó todo, en aquella calurosa tarde de julio. Estoy seguro de que el cura, en ese momento confesando, vio cómo me metía el diminuto libro en el bolsillo….

Quizá os parezca una imagen delirante, pero lo primero que vio mi exaltada mente juvenil en las páginas de Camino fue a un Nietzsche redimido. Fue una lectura tan natural como liberadora. Después vino el resto. Camino tocó infinidad de teclas de mi desnortada vida, y lo hizo sin parar, de principio a fin, despertando en mi interior una sinfonía arrolladora y ordenada. Activó resortes de mi alma que desconocía, dando un extraño sentido a toda aquella soledad y sufrimiento que poblaba mis días. No supuso tanto una ruptura sino una maduración y una preparación, fue como un sendero que se encuentra al amanecer, después de haber andado en círculos toda la noche, y por delante un amplio horizonte, una tarea grande, y toda una vida para llevarla a cabo…

 

En algún lugar de la red, 2026. Camino ilustrado: un mapa de bolsillo para quien busca a Dios (abajo el link). Su autor, un conocido ilustrador e instagramer, nos lo deja muy claro: “He intentado llevar un texto tan profundo a un lenguaje visual sencillo, directo y capaz de dialogar con la manera en que hoy consumimos contenido”. El contenido en cuestión se aloja en una cuenta de Instagram, creada al efecto hace escasos días, con más de tres mil seguidores, y subiendo. También se puede ver en la web oficial del Opus Dei. Recoge, mejor dicho, recogerá 100 puntos de Camino y los irá desgranando y acompañando con una ilustración.

Vaya por delante que soy aficionado al cómic. No me canso de recomendar una extraordinaria versión manga de la Biblia, ilustrada por Masakazu Higuchi, con guion de Noboru Yamaguchi (abajo el link, también). Y la recomiendo a niños, jóvenes y adultos. En general considero que una buena ilustración puede ser una poderosa herramienta que nos permite captar emociones y matices no del todo evidentes en el texto, o ampliar y actualizar su significado, a veces incluso te encuentras ilustraciones con una potencia evocadora que supera a la del texto a secas. Ahora bien, hay textos que, o no es necesario ilustrar, o no se dejan ilustrar. Camino es una combinación de ambos. Dos breves notas.

1) ¿A quién se dirige este Camino ilustrado? Pues francamente no lo sé. Estamos de acuerdo en que Camino no es una lectura infantil, pero el grafismo que despliega esta versión es el grafismo típico de una Biblia para niños, o si me apuráis para preadolescentes. Diría que el dudoso objetivo del proyecto es llegar a un público joven, de 18 a 25 años, digo dudoso, pero como no me fío de mi percepción sobre las cosas, he preguntado a mis hijos (17, 19 y 21 años), que para el caso son la legítima autoridad, a ver qué les parecen estas ilustraciones de acuerdo con el fin perseguido, y su respuesta ha sido un simpático “¿estás de broma?” No creo necesario darle más vueltas. Bueno sí, mi hijo mayor, que es un cabezapensante como yo (y ha leído Camino), va y me suelta, como queriendo zanjar la conversación por la vía rápida: no es una guía para leer Camino, es una guía para no leerlo. En fin, yo no diría tanto, pero sé por dónde va.

2) ¿Existen ilustraciones adecuadas para una obra como Camino? Creo que las mismas palabras del ilustrador nos sugieren una respuesta convincente, habla de traducir un texto profundo a un lenguaje visual y sencillo, pero no llega a entender que Camino es todo eso junto, es decir, que se articula en una conversación directa con el lector a través de un lenguaje profundo, visual y sencillo. Opino que una ilustración, por lograda que fuera, entorpecería de forma irremediable el curso de esa conversación viva, desenfadada, íntima, tan llena de giros, tonos e imágenes potentes, y convertiría la lectura de Camino, incluso en un primer contacto, en un incordio constante, al menos para un lector medianamente serio e interesado, sea joven o ya mayor. Y esa es otra, tratar de conectar con el público joven me parece estupendo, pero ese intento no puede ser sinónimo de bajar el listón, me resisto a creerlo.  Queremos que nuestros jóvenes vuelen alto y les entregamos unas alas diminutas. Eso es lo que parece, un mal negocio para todos.

 

 

 

 

 

 

 

                 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

1 comentario


Emili Avilés
Emili Avilés
27 mar

Artículo "a corazón abierto", perspicaz, motivador de buenas lecturas y altas metas. ¡Felicidades!

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