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Aprender de un padre

  • C
  • 2 mar
  • 2 Min. de lectura

Ser hijo es la nota más esencial de nuestra vida. Nada hay que nos defina tanto como el tipo de padre que hemos tenido o –que nos ha faltado–. Ahí está el refranero, incontestable: “De tal palo tal astilla”. La filiación es el hilo conductor, imborrable, que acompaña todo nuestro devenir. Aquello que podemos llegar a ser depende, enteramente, de esa relación fundamental.

Si alguien me preguntara: ¿Qué le debes a tu padre?, respondería sin ambages: TODO. Desde la vida hasta el amor que soy capaz de dar. Todos mis límites y virtudes hunden sus primeras raíces en ese vínculo. Nada puede crecer lejos de la tierra que me engendró.

Ahora tengo veintiún años y empiezo a adentrarme en la madurez. Los caminos de la vida se abren inciertos, y la espesura me impide ver con claridad. Mis pies vacilan a cada paso y siento como si algo estuviese a punto de quebrarse en mi interior. Las decisiones que he tomado penden de un frágil hilo, cuyo aguante desconozco. Y, aún así, para mi sorpresa me mantengo en pie: la esperanza no cede bajo el peso de la opresión. ¿Cómo es posible? ¿Por qué no me hundo cuando todo me invita a hacerlo? Por una razón sencilla: si todavía avanzo es porque existe un recuerdo grabado en mi interior que las olas y embates de la experiencia no pueden borrar. Es una verdad que ni la oscuridad más densa podría borrar: en algún lugar, mi padre me lleva presente en su corazón. Tengo la certeza absoluta de que su amor es una fuerza que no mengua ni decae. ¿Cómo podría rendirme, entonces, si siempre tendré ese cálido rincón donde refugiarme? No creo que exista otra palabra más cargada de vida que "papá". Son dos sílabas que reúnen en sí todos los anhelos de nuestro corazón. Ojalá no nos cansemos de pronunciarla, porque solo así recordaremos quiénes somos.

 
 
 

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