Aprender de un hijo
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- 2 mar
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Actualizado: 4 mar
Damos por supuesto que la vida es un aprendizaje, que aprendemos de las
cosas que nos pasan: de un viaje, de las lecturas, de las amistades, de los
desengaños o traiciones, de las pérdidas de seres queridos, de un maestro que
tuvimos en la adolescencia o en la universidad, de un voluntariado, de la
poesía o la naturaleza, de un amor correspondido.… Es una lista inacabable,
y cada uno tendrá la suya. Además, no todas las personas se dejan impregnar y
modelar de la misma manera por lo que viven. Podemos abrirnos a lo que nos
trae la vida con ganas y humildad o cerrarnos como ostras. Eso dependerá de
nuestro grado de egoísmo, de inteligencia, de valor, también de nuestra
fe si es que la tenemos, de lo vivido previamente, sea bueno o malo, de lo que
nos viene dado y no podemos elegir, etcétera. Todo esto forma un entramado
(casi siempre inextricable) que llamamos vida, y es, al mismo tiempo, lo que nos
permite aprender o desaprender, dar una dirección ascendente o descendente
a nuestra existencia.
Pero no reparamos en el hecho mismo de aprender, no en o qué nos influye
sino en cómo procesamos nuestras experiencias para que se transformen en
un aprendizaje. A mí es algo que me maravilla: cómo lo vivido va
sedimentándose en nuestra alma, creando distintitas capas y texturas que van
dibujando nuestra biografía y a partir de les cuales encontramos una
orientación proyectiva, una lección que nos sirve para más adelante, unas
veces de forma consciente a través de la memoria, pero otras veces (la
mayoría) sin advertirlo, como un acto reflejo o como una respuesta que nos
sobreviene y nos ilumina. Obviamente, no me refiero a un proceso psicológico,
ni siquiera epistemológico sino a un aprendizaje estrictamente personal o
existencial, que se da en el interior de nuestra facticidad más inmediata e
íntima, en nuestro “estar-en-el-mundo”, por decirlo en la jerga heideggeriana.
Aprendemos mucho antes de lo que piensa la psicología, y de otra manera.
Para mí todo esto es un misterio (que llego a vislumbrar a veces, y sólo
parcialmente, asomándome a obras como Las confesiones o Ser y tiempo).
Y dentro de este misterio me encuentro con otro misterio, maravilloso también:
aprender de un hijo, pero en un sentido literal. Como padre aprendes
innumerables cosas, puesto que educar es por definición aprender: a ser
coherente, a pedir perdón, a ejercitar la paciencia, a ver tus errores en los
suyos… Aquí también la lista es larga. Pero aquello que aprendemos como
padres digamos que va en el mismo paquete de la paternidad, de una
paternidad bien desarrollada. Lo que quiero decir ahora es algo menos
evidente. Aprender de un hijo, es decir, cuando de algún modo se invierten los
papeles y quien te enseña ahora es él. Cuando reconoces que algo no va nada
bien en tu vida y encuentras en su ejemplo una ayuda para salir del bache.
Cuando tu hijo, sin tener la más mínima sospecha de su acción sobre ti, se
convierte en tu maestro.
Hace algo más de tres años sufrí, sufrimos uno de aquellos reveses que, por
alguna estúpida ilusión, piensas que solo suceden a los demás, pero no a ti.
Me vine abajo. Me dejé. El paisaje que habitaba se volvió borroso. Creía que mi
vida iba en línea recta, y en cuestión de días estaba metido en un lodazal.
Comencé a espaciar mis vistas a la Iglesia y cuando acudía me tenía que salir
atropelladamente con sentimientos encontrados de rabia y profunda tristeza.
No lo soportaba. Llegué a creer que aquel lenguaje ya no me representaba,
que hablaba para otro que no era yo (algo que, en el fondo, sabía que era
falso). Así estuve durante un buen tiempo, tan resentido y embebido en mi
dolor que era incapaz de ver lo que pasaba a mi alrededor. Por su puesto
como familia nos apoyamos, y tuve algún amigo a mi lado. Pero hubo un hecho que
me abrió los ojos y me dio una perspectiva totalmente inesperada: en la
misma medida en que yo me alejaba de la Iglesia, las visitas de mi hijo eran más
frecuentes y largas. Él era el de siempre, no buscaba refugio en la religión. No
era eso lo que hacía. Se mantenía en su natural discreción. En ningún
momento trató de sermonearme, pero lo cierto es que buscaba mi
conversación a menudo. Sobre todo, me escuchaba. Al principio me sentí
descolocado. No dije nada y empecé a hacerme preguntas, que es lo que
siempre hago cuando algo me sobrepasa. El desconcierto inicial por ver a mi
hijo caminar en dirección contraria a la mía, dio paso, lentamente, a cierta
admiración y a una alegría contenida. No fue cosa de un día, pero una puerta
se abría al final. Me veo incapaz de explicar cómo sucedió aquel cambio,
aquel aprendizaje. Era como si alguien proyectara delante de mis narices una
película de aquel momento mi vida, y a continuación, proyectara la misma
película con un final alternativo. Años después tengo una cosa clara: yo afronté
el dolor con miedo y enfado, él me enseñó a hacerlo con amor y silencio.
Gracias.



Articulazo, en el fondo y en la forma. Imprescindible reflexión para padres y educadores. ¡Gracias!