Amistad
- Dp
- 18 ene
- 2 Min. de lectura
En una entrevista que leí hace poco, Erik Varden (Obispo de Trondheim,
Noruega) subraya la necesidad de que la Iglesia hable en su lenguaje propio en
un mundo cada vez más distanciado de Dios. El lenguaje de la liturgia, de los
sacramentos, de la Escritura…, en lugar de empeñarse en tratar de hablar el
lenguaje del mundo mediante “los signos que él usa y a meterse en Tik Tok e
Instagram. Mientras sigamos así -dice Varden-, simplemente nos estaremos
condenando a la irrelevancia, porque siempre vamos a estar al menos diez
pasos por detrás de todos los demás”. La reflexión de Varden sobre el
lenguaje propio de la Iglesia (totalmente acertada) me ha llevado a
preguntarme sobre el lenguaje del cristiano de a pie. Bajemos un escalón, o
dos. El lenguaje propio de un cristiano corriente como tú y yo no es otro que el
de la amistad, o debería serlo.
La amistad cambia el mundo desde dentro, es decir, de forma real, efectiva y
duradera. Cuando, sencillamente, intentamos ser buenos amigos de nuestros
amigos, nuestros actos son exponencialmente transformadores, y no sabemos hasta qué punto.
La acción de la amistad en nuestras vidas desborda cualquier cálculo apostólico.
Pero tener amigos no es estar conectado con alguien. En otras palabras: la
amistad es lo contrario de la visibilidad, y su confusión es la razón por la que
tantos cristianos anden despistados y sean engullidos por el activismo frenético
de las redes sociales, olvidando o dejando en un lugar secundario de sus
vidas la práctica silenciosa, a veces anónima, de la amistad.
Quien reivindica la necesidad del uso de las redes sociales para evangelizar no
se ha parado a pensar en la naturaleza misma del medio. Y eso genera un
problema, porque el medio, y no hay que ser estructuralista para entenderlo,
configura y determina el fin que se alcanza. Pensar que se puede transmitir la
fe por Instagram resulta, como mínimo, de una ingenuidad irritante. Por desgracia
es el medio el que se encarga de poner a los influencers en su sitio o, parafraseando a Varden, los condena a la irrelevancia, al mercadeo infinito de likes y haters y, lo que es más triste, a verse a sí mismos como individuos especiales.
En realidad, nos debe traer al pairo transmitir la fe. Insisto: el lenguaje propio
del cristiano de a pie es la amistad. Sin duda es un viaje a contracorriente.
El mundo, el sistema, o como queramos llamarlo, no quiere amigos, son
una amenzaza directa para su existencia, porque cuando nos esforzamos en cultivar la veradera amistad comprendemos que se trata de un don que nos trasciende.



Comentarios