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Algo que decir

  • C
  • 17 feb
  • 2 min de lectura

Una hoja en blanco, el miedo a no saber qué decir, la incapacidad que tengo para hacer inteligible lo que ocurre en mi interior. La montaña crece y crece y, entretanto, el papel te mira burlón. El vacío se abre ante la mirada y se te plantea el reto de transmitir, de hacer llegar a los demás algo que crees cubierto de valor. Pero esa corazonada te arranca una pregunta: ¿De verdad tengo esa piedra preciosa? ¿Qué tengo yo que pueda servir a los demás? Puede que parezca banal pero escribir le obliga a uno a rebuscar en el fondo de su ser, a descender a niveles que ni siquiera sabía que existían. Nos pone en la tesitura de tener que exponer aquello que nuestra luz interior alumbra, esa parte de la realidad que entendemos y merece ser compartida. Todos vemos algo muy valioso, ¿el qué? Allí está la magia de la escritura. El lenguaje saca a la luz toda la maravilla que nuestro corazón ha sido capaz de absorber. Pero, a la vez, también es un reto complicado, un trago difícil que muchas veces cuesta digerir. Cuando escribo me doy cuenta de que ese oro que impregna mi percepción es frágil como arena escapando entre mis manos. Así entendemos que esa visión es un don que huye de nuestros parámetros de posesión. Lo que tenemos que decir proviene de un susurro que penetra en nosotros desde fuera. La voluntad siempre genera lo mismo; el valor viene a nosotros como un soplo que visita a quien se deja tocar. Hoy más que nunca necesitamos no perder el empeño de expresar con palabras el misterio de nuestro ser. No cerremos la puerta a que algo más grande que nosotros salga a nuestro encuentro. Escribir es permanecer abierto.

 
 
 

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