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Actuar para llegar a ser uno mismo

  • Dh
  • 18 ene
  • 1 min de lectura

Existe por ahí la idea —bastante extendida— de que hacer teatro consiste simplemente en aprenderse un texto y ponerse en la piel de un personaje. Pero basta con entrar en una clase de interpretación para darse cuenta de que eso se queda corto. Muy corto. El teatro es una aventura mucho más profunda. A mi me ha cambiado la vida.                                                            Todo empieza cuando uno descubre algo esencial: vivimos pendientes de cómo nos miran los demás. Intentamos controlar la imagen que damos, protegerla, sostenerla. El teatro, en cambio, nos invita a soltar eso. A olvidarnos de nosotros mismos, aunque solo sea por un rato. Y en ese olvido hay algo profundamente liberador: dejamos de estar encerrados en nuestro propio “yo”.

Actuar tiene que ver con despojarse. Con dejar a un lado el yo de siempre, esa identidad que solemos cuidar tanto, para hacer un hueco a otra vida. Al subir al escenario renuncias, aunque sea por un momento, a tu reputación, a tu historia, a la necesidad de controlar cómo te ven.       Y ocurre algo curioso: cuanto más sueltas quién crees ser, más libre te vuelves. Al habitar otras historias, entiendes también que todos compartimos la misma fragilidad. Y entonces aparece una calma inesperada: quizá no haya tanto que demostrar.

 
 
 

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