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A cor obert

Dp
15 ago
7 min de lectura

Mi padre era comercial textil. Vendía cortinas por todo el país. Viajaba de lunes a viernes. Normalmente en coche. A veces, cuando debía cubrir un territorio más amplio como Andalucía, sus viajes se alargaban dos semanas. No hacía ventas a puerta fría. Tenía una red de representantes en cada zona, con los que visitaba las tiendas donde se exponían las cortinas. En esas visitas supervisaba el género en stock, cobraba y liquidaba las comisiones sobre lo vendido, enseñaba muestras de las cortinas nuevas, hacía pedidos o mandaba retirar los rollos de cortina que acumulaban polvo y no había manera humana de vender. La mayoría de los representantes con los que trabajaba (mis representantes, como él los llamaba) eran verdaderos amigos. También tuvo amistad con algunos dueños de las tiendas que visitaba. Mi padre tenía un cuaderno donde anotaba, sin ninguna pretensión literaria, multitud de hechos y circunstancias vitales que salían en las conversaciones con todos ellos, especialmente los relacionados con sus familias: lo que estudiaba un hijo, o la lesión de otro en un partido de fútbol, la afición de la esposa por la recolección y el guiso de los caracoles, o la queja por la última subida del alquiler. Cosas así, pequeñas pero muy concretas. Yo había visto alguno de estos cuadernos. Tenían el formato de agenda. Mi padre escribía en mayúsculas, a excepción de la letra i. Escribía con una caligrafía clara y un poco ladeada. A mí me parecía extraordinaria, especialmente bellos me parecían los puntos sobre las íes. En lugar de un punto dibujaba una circunferencia perfecta, de tal manera que sus frases telegráficas semejaban pequeños relieves o perfiles paisajísticos coronados por diminutos soles. La información que recogía en sus cuadernos le servía para futuras visitas. Sí, era una práctica comercial. Tenía un efecto positivo directo en las ventas. Pero no únicamente. Las muestras de interés sincero por los asuntos domésticos de aquellas personas le valieron muchas amistades que traspasaron el ámbito profesional. Yo lo pude constatar una vez, cuando acompañé a mi padre en uno de sus viajes a Valencia. Tendría unos diez años. Durante unos días nos hospedamos en la casa del gordo Gallur, dueño de dos grandes tiendas de venta al por mayor de cortinas en el centro de Valencia. Antes de aquel viaje, yo había visto al gordo Gallur en fotografías de comilonas. Su aspecto impresionaba y llegó a provocarme algún terror nocturno. Era como el yeti, con su melena blanca y sus más de ciento veinte kilos. En una fotografía aparecía con una anguila entre las manos, justo antes de zampársela. En su casa mi padre era un amigo de toda la familia. Hablaba con la esposa con total confianza, y con sus tres hijos, que trabajaban también en el negocio. A veces, incluso, hacían entre ellos bromas sobre el gordo, que denotaban una complicidad entrañable.     

A mis ojos de niño, su desenvoltura en el trato y la amistad que profesaba hacia algunos de sus clientes o representantes tenían algo de gesta heroica. Eran habilidades inalcanzables para alguien tímido como yo. Admiraba a mi padre y al mismo tiempo me hacía sufrir. En mi entorno inmediato la introversión y la timidez infantil no estaban bien vistas (aunque luego pude constatar que ese rechazo por el tímido era una realidad bastante extendida en los años 80). Cuando no era capaz de desenvolverme con los demás (para saludar, para despedirme o responder con gracia a lo que se me preguntaba…) caía sobre mí cual pesada losa la dichosa frasecita “es que es muy tímido”, que te hacía sentir como un discapacitado y con la que tuve que lidiar durante toda la infancia hasta que, bien entrada la adolescencia, le di la vuelta a la tortilla y descubrí las no pocas ventajas de mi condición de persona tímida.

Aquello, digo, me superaba. Tener un referente paterno con un carácter diametralmente opuesto al que se estaba forjando en mi interior me dejaba en una situación de congoja y fractura (con el tiempo, la experiencia y la distancia he descubierto que, para bien y para mal, nos parecemos más de lo que imaginaba, y que él no era tan sociable como aparentaba y que yo era menos tímido de lo que se decía).           

Pero lo que me producía un desconcierto doloroso, que entonces no acababa de identificar y aún menos comprender, era el contraste entre la expectativa del regreso de mi padre y lo que sucedía en casa tras el regreso. Esperaba con grandísima ilusión la vuelta, que acostumbraba a ser los viernes por la noche o de madrugada. Yo me hacía el firme propósito de esperarle despierto. Lo intentaba cada semana y de todas las maneras posibles, aunque nunca con éxito. Y no es que me faltaran recursos imaginativos. Una vez esperé sentado en el retrete varias horas, hasta que se me durmió el trasero y casi no podía andar. En otra ocasión me propuse permanecer de pie mientras me tragaba enterito el Un, dos, tres…responda otra vez, con todas aquellas pausas para la publicidad desesperantes. O, si era verano, me bañaba en la piscina de casa, a medianoche y sin que se enterara mi madre, para mantenerme despierto. Pero me dormía siempre, hiciera lo que hiciera.

A mi alegría natural por ver a mi padre después de una larga ausencia (no hay ausencia ni espera breves en la infancia), se unía el hecho de que a veces regresaba con obsequios o regalos. Algunos verdaderamente mágicos, como aquellos que traía de Tenerife, que en los años ochenta y gracias a una serie de exenciones fiscales se convirtió en la meca de la importación de tecnología japonesa, zapatillas deportivas y tabaco americano. Me acuerdo, como si la tuviera entre las manos, de una regla escolar de treinta centímetros que tenía integrada una mini calculadora solar de la marca Casio, o de unas zapatillas Nike, las primeras que salieron con la cámara de aire a la vista. Eran regalos exclusivos, objetos inencontrables en la península, admirados y envidiados por mis compañeros de clase. En tales ocasiones vivía el regreso de mi padre como la visita de papá Noel, pero mucho mejor, porque esos regalos no hacían más que agrandar la imagen que tenía de él y la nostalgia y el vacío que dejaban sus repetidas ausencias semanales.

Pero el regreso tenía un final agridulce. Y esto es lo más difícil de explicar, porque escribo estas líneas desde el cariño. Mi padre volvía cansado o muy cansado de sus viajes. Algo comprensible. Su trabajo no sólo era trabajo. Tenía otro tipo de exigencias asociadas, al margen de los horarios y las obligaciones estrictamente profesionales. Exigencias no siempre edificantes. El madrugón de los lunes, las visitas a las tiendas, los hoteles de carretera, el despacho improvisado en el coche, los objetivos de ventas, el kilometraje desmesurado, la inevitable soledad del comercial (que era una segunda piel para mi padre).… Eso era una parte. La otra consistía en pasarlo bien con sus clientes y representantes, en asumir como algo habitual los excesos en la comida y la bebida, las salidas nocturnas, las copas, la resaca, el cansancio, el malestar o el desorden moral y emocional que todo aquello conllevaba. Quizá resulte extraño ahora, pero entonces el trabajo de comercial no se entendía de otra manera. Y eso, como es natural, podía llegar a ser un problema. Era un trabajo en el que podían confundirse las cosas con mucha facilidad. No bastaba la eficiencia, la buena gestión, el don de gentes o la labia. Tenías que darlo todo y convertirte en el puto rey de la fiesta. Había cierto drama dostoyevskiano escondido en el trabajo de comercial. Y ahora pienso en Joe Clay, aquel personaje interpretado por Jack Lemmon en Días de vino y rosas: un brillante relaciones públicas al que sus clientes adoraban porque a su lado se sentían bien, especiales, lo pasaban en grande. Ese era su trabajo, proporcionar a los demás momentos únicos de diversión. Y era un trabajo que desarrollaba con gran tenacidad y talento, pero que acabó haciendo de él un pelele y lo condujo por caminos de alcoholismo y autodestrucción, llevándose por delante su matrimonio y su propio trabajo, en un giro final de cruel ironía.

A mi padre su trabajo le pasaba factura. Toda la energía y la fuerza expansiva que desplegaba de lunes a viernes se transformaba en un repliegue y ensimismamiento el fin de semana. Hablaba poco con nosotros. Se mantenía distante, apagado. Pasaba gran parte del sábado y el domingo sentado en su sillón aterciopelado, delante del televisor. Imagino que era su manera de descansar y desconectar. Podría hacer una lista, es cierto, de todos los momentos que no viví con mi padre. De lunes a viernes no estaba, y durante el fin de semana solo estaba un rato. Pero no voy por ahí. A mí no me parecía ni bien ni mal. Qué puedo decir. En cambio, lo que sí valoraba e intentaba con estratagemas variadas, era pasar el mayor tiempo posible viendo la tele con él. Los domingos por la noche, antes de acostarme, veíamos una serie de médicos ambientada, si mal no recuerdo, en un hospital de Boston. La serie se llamaba A cor obert (A corazón abierto), que emitían a las 21:30h en TV3. Era un momento especial, como una despedida hasta el próximo fin de semana. Eso provocaba que aquellas historias de médicos, hasta en sus detalles mínimos, me afectaran más de la cuenta.  Penetraban en mi alma como el preludio de una separación que iba a consumarse en menos de cincuenta minutos, que era lo que duraba cada episodio. Así que mientras veíamos la serie, por dentro rezaba y pedía, con todo el fervor del que era capaz, una prolongación del episodio que nunca llegó a obrarse. Recuerdo lo triste que me dejaba la melodía de los títulos finales, con un fotograma del hospital al fondo. Dos besos y a la cama decía mi madre sin miramientos, ajena a lo que acontecía en mi interior.  A la mañana siguiente mi padre ya no estaría.

 

 

 

 

 

 

 
 
 

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