Sound of Metal: una difícil lección
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- 4 may
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Actualizado: 8 may
Tengo un problema, ¿cómo lo resuelvo?, es la pregunta que le hace Ruben, el protagonista de Sound of Metal, a su audiólogo cuando éste le acaba de comunicar que padece una sordera irreversible que terminará, muy pronto, en la pérdida total de audición. Es una pregunta desesperada. En realidad, no se trata tanto de una pregunta sino de una especie de empujón sobre su interlocutor, una negativa traspasada de miedo. Ruben, de entrada, no acepta el diagnóstico y después de un tenso diálogo sobre las posibilidades de su curación, el audiólogo sentencia: “Su audición se está deteriorando a toda prisa y no va a recuperar la que ha perdido”. Acaba la escena con un primer plano del rostro de Ruben, con la mirada fija, sin pestañear y asintiendo con una expresión de incredulidad y abatimiento, medio enajenado.
Cuando un amigo me habló por primera vez de Sound of Metal no imaginé que una película con ese argumento fuera capaz de ir tan lejos y golpearme del modo en que lo hizo. Un batería de rock alternativo que se queda sordo. Menuda historia, pensé, parece una broma pesada, una excentricidad, ese tipo de historia forzada que tanto abunda en el cine actual, incapaz de escribir historias normales con sentido. Pero muy pronto, ya en los primeros compases de la película, te das cuenta de lo equivocado que estás y de lo rápido que asoman tus prejuicios... Veamos.
Arranca la película con la filmación del final de un concierto. La última canción. Un primer plano de Ruben sentado a la batería ya nos indica qué clase de persona tenemos delante: alguien que se toma con absoluta seriedad lo que está haciendo. Es la pura imagen de la concentración. La canción empieza como una invocación desgarradora y violenta. Lou, novia de Ruben y vocalista, no canta, grita, intenta romper las barreras del sonido con una voz a punto de quebrarse y va repitiendo, en una especie de salmodia desenfrenada: “Déjame llegar, puríficame. Te quiero ahí abajo, consciente de tu desconocimiento…”. Palabras que vendrán a ser una premonición de la historia de Ruben, quien, al final de la pieza, lleva a cabo un solo escalado casi imposible, larguísimo. Cierra los ojos y se deja poseer por la percusión y la velocidad del ritmo. La ejecución es, al mismo tiempo, desbordante y milimétrica. Pasión y precisión. Toda la escena inicial es un prodigio de dirección, filmada como un concierto real, sin planos de cobertura ni trampas de postproducción, y nos introduce como un trueno en el suceso que hará volar por los aires la vida del protagonista. Pero antes de eso, la historia añade otro elemento de contraste que nos dará la medida exacta del drama. La segunda escena actúa como un contrapunto delicado y bellísimo al brutal arranque de la película. Presenta a Ruben y a Lou en su cotidianidad, después del concierto, en su autocaravana Airstream. Ruben se levanta pronto, entrena, limpia y engrasa los mandos de los sintetizadores, prepara un desayuno saludable, despierta a Lou con sumo tacto y cariño. Desayunan juntos, hablan, se miran en silencio, se acarician y bailan abrazados, lentamente, entre risas y besos. Podemos intuir que ambos han tenido un oscuro pasado de autodestrucción, de drogas quizá, pero ahora los vemos construyendo una pequeña historia de amor, una historia que, además de redimirlos, les permite afrontar el futuro con una nueva mirada. Nos queda claro que Ruben se esfuerza, cuida lo que tiene, ha conseguido enderezar su vida después de vivir largo tiempo en el filo, tiene una segunda oportunidad y no piensa desaprovecharla.
Son los actos de presentación, concierto y cotidianidad, antes del derrumbe. No está clara la causa de la pérdida de audición. El audiólogo apunta a un posible trastorno autoinmune provocado por una exposición extrema al ruido. Ruben no entiende nada. Se rebela por dentro. Y es lógico. La fatalidad le llega justo cuando empieza a vislumbrar un sentido y a saborear el fruto de una vida ordenada junto a Lou. En un instante ve como todo aquello se esfuma. Su primer impulso es la negación.
Y es aquí cuando la película empieza a desplegar toda su magia. Te das cuenta de que se trata de una negación real…pero al mismo tiempo tiene un carácter marcadamente simbólico y espiritual, como todo lo que ha sucedido hasta ahora y todo lo que vendrá: la ruptura con Lou, el internamiento en un centro para sordos, la relación con Joe, director del centro y maestro espiritual (personaje que por sí sólo merecería un spin off), su salida, casi huida, del centro, la venta de la autocaravana para pagar la cirugía audiológica, el ruido distorsionado de los implantes, el reencuentro fallido con Lou en París…. En este aspecto Sound of Metal me ha recordado a la escritura de Jon Fosse, en su ausencia total de instrumentalización narrativa. Te ves incapaz de distinguir la realidad, la historia misma, de lo que simboliza. Son aspectos maravillosamente integrados en un mismo plano, vas de uno a otro a través de un hilo invisible, sin notarlo, y eso es justamente lo que permite, al lector o espectador, una identificación y una proximidad con los personajes sin que éstos pierdan, en el trasvase de lo real a lo simbólico y espiritual, ni un ápice de su autenticidad, de su vida propia. No por azar Sound of Metal, que es un proyecto autobiográfico de su director, Darius Marder, fue rodada en 35mm en el orden cronológico de la historia. Esto implica asumir riesgos para todo el equipo, desde la fotografía hasta la interpretación. Sabemos que durante el rodaje Marder no dejaba revisar el material grabado a Riz Mahed (Ruben). “Desafié a Riz -nos dice Marder- a no estar en su lóbulo frontal, a no cuestionar sus instintos, a confiar y avanzar”. Lo que se grababa es lo que quedaba, sin apenas margen para la rectificación. Es una renuncia consciente al control del montaje, y una apuesta formal, del todo insólita, que tiene unas implicaciones de orden espiritual muy claras: dejar que la historia hable por sí misma, decir lo grande en lo pequeño, lo más profundo en lo más cercano, en lo imperfecto, sin trampas, sin trasmundos. (Y ahora se ma va la mano y no puedo evitar pensar en el contraste con un cierto Bergman, tan dado a forzar las historias y a coquetear con el hermetismo.)
Porque detrás de las luchas y decisiones concretas de Ruben, se reconoce un itinerario místico y espiritual de gran riqueza y complejidad, pero expresado con naturalidad y sencillez, un itinerario con sus descensos, elevaciones y puntos muertos: la fractura existencial que provoca la noticia, la negatividad y resistencia de Ruben para aceptar la realidad de su situación, la noche oscura en la que se ve envuelto, una primera purificación del alma en el centro para sordos, a la que sigue una recaída y una segunda noche oscura de soledad y ruido. Finalmente, la aceptación sincera de su ser herido, el abandono en el silencio, la paz y el sentido. Y a propósito de esto último os comparto la escena de cierre de la película (abajo el link). Es difícil expresar tanto con tan poco…
Para Matteo Bonifazio, que respira cine


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